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10 de diciembre de 2012

FRANCIA, MAESTRO DE CEREMONIAS EN EL REPARTO DE MARRUECOS

En vísperas del siglo XX, Marruecos estaba rodeado de potencias dispuestas a asegurar su futuro en el continente africano a expensas del país marroquí.

Tierra de desiertos e inhóspitas montañas, unificada o pacificada en contadas ocasiones,y afectada de anarquía crónica,estaba habitada por una población fiel a su terreno hasta el fanatismo, compuesta principalmente de primitivos cabileños musulmanes. Marruecos era gobernado por un sultán a quien la tradición le permitia designar su sucesor, pero como a menudo había más de un pretendiente, cada nuevo sultán se veía obligado a reunir un ejército y defender sus derechos entre las tribus esparcidas por todo el país  y luego viajar de un lado para otro para exigir el pago de impuestos.

Para los observadores europeos habituados a formas de gobierno menos caóticas, Marruecos aparecía en un estado de constante anarquía, pero el verdadero panorama era algo diferente. No había falta de autoridad central en Marruecos. El sultán era reconocido por todos como el jefe de estado espiritual, pero su reconocimiento como jefe de Estado solamente tenía lugar en aquellos territorios que él, o bien sus hombres, habían visitado y pacificado; es decir, solamente en aquellas regiones que se hallaban ya bajo el control del ejército real y de los recaudadores de impuestos.

A principios del siglo XX, el dominio del sultán se extendía sobre dos áreas toscamente triangulares: la primera, confinaba al norte con Tánger, al este con Fez, y con Rabat al sur; la segunda, tenia Rabat en la punta norte, Marrakech al este y Mogador al sur. Estas dos regiones comprendían todas las ciudades principales y la mayor parte de la llanura costera más accesible, y sus habitantes eran mayormente árabes y bereberes arabizados. El conjunto de las dos regiones constituían el Blad el -Mazjen (territorio sujeto al gobierno); el resto de Marruecos constituía el Blad el -Siba (territorio no dominado). Los límites de las dos áreas fluctuaban constantemente según el avance o retroceso de las fuerzas reales.



Las áreas sombreadas indican los territorios del Blad el -Majzen

En 1900 Marruecos se encontraba bajo el reinado de Abd el-Aziz, hijo de Muley Hassan. Este monarca murió en 1894, y al ser su hijo menor de edad se encargó de la regencia el notable Ba Ahmed que al dirigir un corrompido gobierno, aumentó la oposición al joven sultán.

En 1902, estalló al noroeste la revuelta de Bu Hamara, y todas las tierras comprendidas entre la frontera argelina y Fez, con la excepción del Rif, cayeron en manos de los rebeldes. En el Yebala, zona montañosa del noroeste, Raysuli, jerife famoso por su rapacidad mantuvo aterrorizada a la población, pero Abd el- Aziz se encontaba totalmente impotente para enfrentarse a cada una de las revueltas en las que se encontraba envuelto su reino. La anarquía parecia inminente, y pronto quedó claro que el Imperio Jerifiano era una ficción y que Marruecos en este momento solo era un conglomerado inestable de cabilas.

En este contexto, el engranaje de los tratados internacionales para el reparto de Marruecos se puso en marcha.

En 1902 Francia propuso secretamente a Madrid una división de Marruecos, prometiendo a España todas las tierras al norte del rio Sebú incluyendo las ciudades de Fez y Taza, junto con el puerto atlántico de Agadir y toda la parte hacia el sur del río Sus. Pero España temerosa de la reacción británica si el plan se descubría, rechazó la oferta francesa.

En 1903, Francia logró un acuerdo con Italia, por el que se comprometía a garantizar la prioridad italiana en Libia a cambio de una prioridad semejante de Francia en Marruecos.

En abril de 1904 un tratado anglo-francés otorgaba a Gran Bretaña libertad de acción para llevar adelante sus propósitos en Egipto, a la vez que concedía idénticas posibilidades a Francia en Marruecos. Además  acordaron que España, en virtud de su posición geográfica y de sus posesiones en el litoral mediterráneo  recibiría especial consideración. Así Gran Bretaña prefirió que España, más débil, recién derrotada en un conflicto colonial y con aspiraciones de tener algún peso en el concierto mundial, recibiera la posición más septentrional de Marruecos, teniendo siempre presente la posición de su plaza en Gibraltar. 

En octubre, España completó un acuerdo con Francia cuyo lado público estipulaba que ambos países habían llegado a un acuerdo sobre la extensión de sus respectivos derechos en Marruecos, pero su aspecto secreto estipulaba que los franceses eran menos generosos que en la propuesta de 1902, por lo cual  España iba a recibir solo aquella porción del norte de Marruecos comprendido entre el río Muluya, al este, y el Océano Atlántico al oeste; y desde el Mar Mediterráneo, por el norte, hasta una serpenteante línea en el sur trazada burdamente de este a oeste a unos 40 km al norte del río Werga por encima de Fez; más una pequeña área desértica en la costa atlántica en el extremo sur del Marruecos francés. Bajo su dominio quedaron sólo las zonas más estériles y aquellas donde las tribus eran más belicosas.
 Alemania, contrariada por haber quedado excluida en los tratados anglo-francés de abril de 1904 y el posterior franco-español, consideró dañados sus intereses comerciales, de modo que inició una campaña de protestas que culminaron con la visita del Káiser Guillermo II a Tánger para apoyar la autonomía del Sultán, prestando asistencia financiera si fuese necesario.

Todo esto provocó una crisis internacional que dio lugar a la Conferencia de Algeciras. La Conferencia comenzó el 16 de enero de 1906 y finalizó el 1 de abril. Además de Alemania y Marruecos, acudieron Francia, España, Gran Bretaña, y otros nueve países. Los resultados fueron favorables a las aspiraciones franco-españolas y frustrantes para Alemania, que no consiguió sus propósitos de participar en la política marroquí. Los alemanes capitularon, pero mostraron un profundo descontento, y en el verano de 1911 volvieron a poner en vilo a Europa cuando mandaron su cañonero Panther a Agadir, a fin de proteger los intereses comerciales alemanes en aquella área. El significado de este connato alemán de interferirse en la esfera francesa fue  esquivado hábilmente por Francia que inició dos tratados que Alemania firmó en noviembre de 1911. Allí Alemania reconocía el derecho francés a un protectorado marroquí.


Por consiguiente, el único obstáculo de Francia para su dominio de Marruecos era el establecimiento de condiciones con el sultanato. Los asuntos internos marroquíes habían empeorado desde la llegada de Abd el -Aziz al trono, ni siquiera tenia autoridad para exigir obediencia en el Blad-el Mazjen. Los franceses, entretanto, utilizaban toda clase de pretextos para invadir el terreno que sobre el papel ya dominaban.
 En noviembre de 1908 el sultán abdicó en favor de Mulay Hafiz que aportó muy poco tanto a la sofocación de las revueltas nativas como de la influencia francesa. Muy al contrario  Hafiz se hallaba atrapado en la difícil coyuntura de tener que garantizar los derechos europeos y la idea de volver a un Marruecos independiente, y privado del apoyo británico y abrumado por las deudas, en marzo de 1911 Hafiz pidió la ayuda francesa para el mantenimiento de su imperio. Un año después, el 30 de marzo de 1912, bajo fuerte presión de los franceses, estampaba su firma en el Tratado de Fez, con lo que rubricaba el fin de la independencia de su país y concedía a Francia el protectorado legal sobre Marruecos.   






     

18 de octubre de 2012

MARRUECOS EN EL PUNTO DE MIRA DE EUROPA


A  lo largo del siglo XIX, Marruecos sufrirá la presión de las grandes potencias, que buscan en un país debilitado materias primas a  precios bajos y, sobre todo, un mercado para el excedente de sus productos.El desarrollo industrial europeo en el siglo XIX empuja a las  potencias  - Inglaterra, Francia - a la búsqueda de mercados y de aprovisionamiento de materias primas para su industria, y por lo tanto al control de las comunicaciones y de los puertos, centro de salida y entrada de productos.

Será muy difícil al Majzén (zona de autoridad del Sultán) resistir a estas presiones, que irán limitando la soberanía marroquí; únicamente los intereses encontrados de las potencias le permitirán un equilibrio cada vez más inestable.

Inglaterra era el país con mayores relaciones comerciales con Marruecos. La intensidad del comercio anglomarroquí se había acentuado en el siglo XVIII. Ante la presión creciente del resto de los países europeos, su interés se centrará en consolidar y acentuar su influencia y sus lazos comerciales con el Sultán.


En los años veinte, Francia lleva a cabo la expedición de Argelia, que culmina con la ocupación del Oranesado (región de Orán), poniendo así las bases de su futuro poder colonial. Desde la base argelina, los franceses acentuarán sus contactos  -pacíficos o bélicos - con Marruecos,y Argelia será su base de partida para una futura penetración en el Imperio Jerifiano.

La acción francesa en Argelia había inquietado al resto de los países. El equilibrio mediterráneo,  podía desgarrarse ante la "toma de posiciones" francesa.

Esta inquietud afecta, pues, a Inglaterra en primer lugar. Su dominio mediteráneo basado en el eje Gibraltar-Egipto se ve amenazado por el nuevo eje vertical Francia-Norte de África.

Inglaterra, dueña de Gibraltar y relacionada con Marruecos desde el siglo XVIII verá con malos ojos la presencia de Francia en la costa mediterránea africana, considerándola un atentado contra la seguridad de su tráfico marítimo.

Francia, por su parte, veía en el control de Marruecos la seguridad de su colonia argelina y la posible expansión de su comercio.

Para España controlar Marruecos significaba, sobre todo,asegurar sus territorios de Ceuta y Melilla, prestigiarse ante las potencias restantes y evitar que éstas - sobre todo Francia - ahogasen por el sur los intereses españoles. Significaba también, en menor medida, una alternativa colonial a la pérdida de los territorios americanos y un campo de acción exterior para el entonces siempre inquieto ejército español.

Alemania, que muy pronto entrará en el juego de los intereses  coloniales, consideraba a Marruecos un precioso instrumento para crear problemas a Francia y, especialmente, para atizar la discordia entre las potencias coloniales (Francia e Inglaterra), impidiendo la unidad de actuación de las mismas, circunstancia que habría resultado peligrosa para la Triple Alianza que el Canciller Bismarck creará en el continente europeo (Alemania, Austria e Italia).

La rivalidad y choque de intereses europeos por Marruecos será constante a lo largo del siglo. Este choque mantuvo separadas, por sus fines imperialistas y colonialistas enfrentados en África, a Inglaterra y a Francia.

A partir de 1890, Alemania iniciará una agresiva política "pangermanista" utilizando a Marruecos como una de las palancas para apoyar su fuerza expansionista. Francia e Inglaterra, alarmadas, solucionarán entonces sus diferencias y acuerdan que Inglaterra dejará a Francia las manos libres para actuar en Marruecos y a cambio Egipto quedará a merced de los ingleses.

Desde ese momento, la suerte de Marruecos estará echada y la pérdida de su independencia decidida.

En el ambiente internacional de presión que se ejerce sobre Marruecos,la relativa paz mantenida entre España y Marruecos a partir de 1860, dentro de la voluntad común del mantenimiento del statu quo, se verá rota por los sucesos de Melilla de 1890 y de los años siguientes.

Las crisis comenzará por el hostigamiento rifeño a la caballería española que hacía una descubierta por el campo exterior de la ciudad, en territorio dentro de los límites establecidos en el Tratado de Wad Ras de 1860, nunca admitido por las tribus limítrofes.

El Sultán Hasán I, ante la protesta, tomará medidas contra los responsables, pero la situación se agrava al construir los españoles unas fortificaciones en territorio considerado sagrado por los rifeños, al pertenecer a una mezquita: el 2 de octubre de 1893, llevan a cabo un ataque contra el fuerte, pereciendo doce soldados de entre los defensores. En los días siguientes la rebelión rifeña de las tribus afectadas se generaliza, y los días 27 y 28 de octubre se ataca a la ciudad de Melilla, muriendo el gobernador militar, general Margallo.

Desde España se envían entonces refuerzos al mando del general  Martínez Campos, temiendo una guerra con Marruecos. El Sultán, en prueba de su voluntad decidida a mantener la paz, destaca a su hermano Muley Araafa con fuertes efectivos, que obligan a los rifeños a abandonar sus actitudes bélicas.

Superados los incidencias, el Gobierno español  envía, en enero de 1894, una embajada extraordinaria, presidida por el general Martínez Campos, con objeto de eliminar las últimas dificultades creadas por los sucesos de Melilla. Las conclusiones del encuentro entre el representante español y el Sultán fueron las siguientes:

Se firma un convenio por el que Marruecos pagará una indemnización de cuatro millones de duros para reparar los daños causados por el ataque rifeño, estableciendo definitivamente una zona neutral entre Marruecos y el área de Melilla; los culpables de los incidentes serán castigados duramente por el  Sultán y, según lo establecido en el tratado del 60, habrá una guardia del Majzén en la zona fronteriza para defender la paz y un caid de la confianza de España.

Las resistencias diplomáticas, aplazamientos e intrigas del resto de las potencias estuvieron a punto de desatar de nuevo la guerra. Todos los grandes Estados quisieron intervenir, al menos indirectamente, en la cuestión, temiendo que una ocupación de nuevos territorios por España hiciese el juego, bien a Inglaterra, bien a Francia. La crisis se alargó una temporada, hasta la firma definitiva de la  Paz de Marraquech el 5 de marzo de 1894. Tres meses más tarde moría Mulay Hasán, sucediéndole su hijo Abdelaziz bajo la tutela de su madre Lalla Nor-es-Chems.


Durante los años 1883 y 1884 se inicia por España la ocupación de territorios saharauis. Un gobierno presidido por Cánovas del Castillo,  actuará encargando a la Sociedad de Africanistas la instalación de factorías en la costa atlántica, adelantándose a las intenciones británicas de hacer algo semejante. El Gobierno facilitó dinero y medios de transporte. Se desembarcará en la península Río de Oro (Dajla-es-Saharia), firmando tratados de amistad y comercio con las tribus de aquella zona. También se instalará la expedición en CaboBlanco y en la bahía de Cintra, dejando casetones y guarnición militar, igualmente facilitada por el Gobierno. La Sociedad de Africanistas pondrá el nombre de Villa Cisneros, Puerto Badía y Medina Gatell a aquellos lugares.

España comunicará oficialmente a las demás potencias que ha tomado bajo su protección las costas africanas entre Río de Oro y Cabo Bojador (26º 8' lat. N - 8º 17' long. 0).

Esta ocupación significó el comienzo de gran actividad comercial y pesquera, con el protagonismo de la Compañía Hispano Africana de Madrid.

La cuestión del territorio cedido en 1860, en el lugar atlántico llamado en siglos anteriores Santa Cruz de Mar Pequeña, para que España estableciese una factoría pesquera, habia ido alargándose en todos esos años sin llegar a una delimitación del terreno convincente para las dos parte. En 1889, con  motivo de la visita del muley Hasán a Tánger y la buena acogida que éste tuvo a unas propuestas españolas referentes a la formación de técnicos, médicos y algunas obras públicas en Tánger, se replantea la cuestión pendiente de aquel territorio, actual Sidi Ifni. No obstante la buena disposición por ambas partes, el Sultán dio, una vez más, largas al asunto, y la injerencia inglesa, presionando ante el Gobierno de Madrid, conseguirá que todo quede aplazado indefinidamente. 






19 de septiembre de 2012

PAZ CHICA PARA UNA GUERRA GRANDE

El 28 de octubre buques de la Marina Real española procedieron a efectuar un bloqueo de los puertos de Tánger, Tetuán y Larache, al tiempo que con una diligencia inusual, se creaba una fuerza expedicionaria compuesta por tres cuerpos de ejército, en los que puso al frente a los generales Juan Zabala de la Fuente, Antonio Ros de Olano y Ramón Echagüe, una división de reserva bajo el mando del general Prim y otra de caballería, con un total de 163 jefes, 1599 oficiales, 33228 de tropa, 2947 caballos y mulos y 74 cañones.

En Algeciras se concentró la flota al mando del brigadier de la Armada Segundo Díaz de Herrero compuesta por cuatro buques de vela, 6 de hélice, 11 de ruedas, 2 faluchas, 20 lanchas cañoneras y 12 buques de transporte; más tarde se incorporarían un navío, una fragata y un bergantín, formando un total de 58 naves.

Por su parte,y según los datos que figuran en el Atlas editado en 1861 por el Depósito de la guerra se describen las tropas del Sultán como una mezcla de efectivos  de 15.000 hombres a caballo-la llamada Guardia Negra- con espingardas, sables y gumías; otros 25.000 mitad infante y mitad jinetes; un cuerpo de Infantería veterana denominado Nizam de 2.000 hombres con fusiles y carabinas de procedencia inglesa y 2.000 artilleros con cañones, gran parte de ellos obsoletos. El mando de las tropas permanentes lo ostentaba el emir Muley- el-Abas, hombre de gran prestigio, hermano mayor del Sultán, siguiéndole en autoridad otro de los hermanos llamado Sid Ahamed. 

El plan de O´Donnell era tomar la ciudad de Tetuán (Aita Tettauen en árabe) para negociar con los marroquíes en posición de fuerza.





El 19 de noviembre, bajo un furioso temporal, desembarcó el 1er Cuerpo de Ejército de Echagüe, y ese mismo día se tomó la posición denominada el Serrallo, a unos cinco kilómetros de las murallas de Ceuta y se instaló el campamento que posteriormente sería el cuartel General de Operaciones y base de partida.

Desde la posición de Serrallo partían tres caminos, uno hacia el norte en dirección a Tánger, otro hacia poniente que llevaba a Anghera y otro hacia el sur que conducía hasta Tetuán.

El campamento español, anegado por las torrenciales lluvias, se volvió un terreno insalubre muy propicio para que el terrible cólera se apoderara de él. Esta epidemia causó más bajas en el Ejército Expedicionario que las balas marroquíes.

Tras el combate del día 25 de noviembre el 1er Cuerpo de Ejército quedó en una delicada situación con Echagüe herido y sus fuerzas reducidas a 7.500 hombres, lo que aceleró los planes de O´Donnell para embarcar con urgencia al 2º Cuerpo y la división de reserva, mientras se alistaba para la salida el 3er Cuerpo.

Durante los primeros días del frio y lluvioso mes de diciembre comenzaron las obras para adecuar el camino a Tetuán por la costa, tarea que se vio dificultada por los fuertes aguaceros que convertían en lodazales los caminos y campamentos. Este contratiempo elevó a más de 2.000 las bajas por el cólera en un mes de campaña. Durante este período el enemigo atacó en varias ocasiones, pero fue rechazado en todas ellas.

El día 1 de enero de 1860 amaneció con el cielo despejado y el viento en calma. Hasta entonces los combates habían sido defensivos, pero con el nuevo año las cosas iban a cambiar.

La División Prim (unos 4.000 hombres) avanzaría en vanguardia abriendo camino, seguida de dos escuadrones de húsares, dos baterías de montaña, O´Donnell y su Estado Mayor y el 2º Cuerpo de Zabala (7.000 hombres), que con otra batería de montaña formaban la retaguardia.

El 3er Cuerpo y la División de Caballería partirían el día 2, y el 1er Cuerpo se quedaría en los campamentos, muy quebrantados por los combates y la epidemia.

Mientras el enemigo, mandado por el hermano del sultán Muley –el-Abbas y el bajá de Tetuán, iban engrosando sus filas. Moros del Rey, bojaris de la Guardia Negra, montañeses y guerreros de Anghera, se iban concentrando contando con unas fuerzas de unos 20.000 hombres.

Sobre las ocho, la vanguardia de Prim avistó el valle de los Castillejos, observando que unos cerros a la derecha de la carretera estaban ocupados por unos mil moros, dispuestos a hostilizar la larga columna de hombres e impedimentas. Prim mantuvo un fuerte combate para tomar las alturas ocupadas por los moros, pero al conseguirlo los moros iniciaron un contraataque para desalojarlos.

Eran las tres de la tarde y los hombres de Prim no daban abasto para contener las oleadas de atacantes. Las tropas de reserva acudieron para tratar de frenar la marea enemiga. Pero era tal la presión de los reiterados ataques, que los españoles empezaron a ceder. Acudieron todas las reservas para contener al adversario, entre ellos los dos batallones del Regimiento de Córdoba, que se desembarazaron de sus mochilas para emprender más ligeros el ataque. Una y otra vez se cargó a la bayoneta, pero tuvieron que retroceder diezmados, más allá de donde habían dejado sus mochilas.

Prim vio el peligro y arengó desde su montura a los de Córdoba, sin conseguir que reaccionasen. Prim arrebató la bandera del regimiento al oficial que la portaba y mostrándosela dijo:” ¡Soldados podéis abandonar esas mochilas, porque son vuestras; pero no podéis abandonar esta bandera porque es de la Patria. Yo voy a meterme con ella en las filas enemigas… ¿Permitiréis que este estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejareis morir solo a vuestro general?”. Los de Córdoba reaccionaron y la contienda se convirtió en una carnicería.



O´Donnell que contemplaba la acción dio orden de avanzar al 2º Cuerpo, para apoyar al Cuerpo de Reserva de Prim que estaba sin municiones y exhausto. A paso de carga partieron los batallones de Arapiles, Saboya, León y Simancas, entablándose un fuerte combate en el que ningún bando cedía. La situación era crítica. O´Donnell con su escolta y dos batallones de La Princesa acudió a la línea de fuego, pero cuando llegaron a los disputados cerros, Prim y Zabala habían logrado invertir la situación y los marroquíes comenzaban a ceder.

Al apagarse la tarde la victoria era de los españoles, que en la que ha pasado a llamarse la batalla de los Castillejos, avanzó más de 10 kilómetros en el camino a Tetuán.

El día 7 las tropas cruzaron el río Asmir y acamparon en la orilla. Sobre las cinco de la tarde se desató un fortísimo temporal de agua y viento que duró cinco días. Los buques que desde la costa protegían el avance tuvieron que retirarse y buscar abrigo en puertos cercanos, perdiéndose el vapor Santa Isabel y la goleta Rosalía. El campamento español sufrió de pleno las inclemencias del tiempo y en todos estos días el ejército no recibió suministro alguno, ya que éste llegaba por mar. Las tropas tuvieron que soportar verdaderas penalidades, de ahí que los soldados bautizaran este asentamiento como el “campamento del hambre”.

El día 14 tras recibir los víveres y provisiones reanudaron la marcha hasta instalar su campamento cerca de la desembocadura del río San Martin, denominado Reducto de la Estrella ubicado a media jornada de Tetuán. El día 31 se produjo la acción de Uad el Jelú, en la que los marroquíes mandados por los príncipes Muley-el Abbas y Muley Ahmed atacaron el flanco derecho español, pero fueron rechazados con el apoyo de la artillería y el fuego de la batería de cohetes, que se empleaban en combate por primera vez.

Pero el amanacer del día 4 de febrero se dio orden de avanzar hacia Tetuán pasando el río Alcántara. Desde los dos campamentos marroquíes y desde la propia ciudad se inició un constante ataque a las tropas españolas. A pesar del fuego artillero, el avance del ejército español continua sin contestar hasta los 1.700 metros, momento en que la artillería propia entra en posición y comienza a batir los emplazamientos enemigos. Los españoles avanzan y a 400 metros la infantería dio con un terreno pantanoso cubierto por la vegetación delante de las trincheras. La confusión surgió entre los españoles que apenas podían moverse en el enfangado lodazal.

Prim reparó en la grave situación y tras arengar a sus soldados se precipitó por un hueco en el muro de tierra, sus soldados y los voluntarios catalanes, siguiendo a su general penetraron por las troneras de los cañones; los demás batallones respaldaron el ataque y tras media hora de lucha cuerpo a cuerpo, el enemigo abandonó tiendas, cañones, armas y demás equipo de guerra.

Finalmente O´Donnell atacó el campamento de Muley-el –Abbas que apenas ofreció resistencia. El camino de Tetuán estaba abierto, pero a un alto precio. El 6 de febrero los españoles entraban victoriosos en Tetuán.



Del día 6 de febrero
nos tenemos que acordar
 entraron los españoles
en la plaza de Tetuán
La plaza de Tánger la van a tomar
también han tomado la de Tetuán
En la plaza de Tetuán
hay un caballo de caña
cuando el caballo relinche
entrará el moro en España
La plaza de Tánger la van a tomar
también han tomado la de Tetuán
¡Centinela, centinela
centinela del serrallo!
¡alerta, alerta que vienen
los moritos a caballo!


La plaza de Tánger la van a tomar
también han tomado la de Tetuán

11 de septiembre de 2012

EL VIENTO DE LA GUERRA SOPLA SOBRE EL NORTE DE ÁFRICA

En el año 1843, en los inicios del reinado de Isabel II se produce la ocupación de unos territorios colindantes a Ceuta, que la dejan desprotegida de defensas. Nuestro Ministro de Estado reclamó estos territorios, que el bajá de Tánger prometió devolver. Promesa que se quedó en eso, pues al año siguiente los habitantes del Rif, atacaron la ciudad de Melilla en marzo de 1844. Narváez reclamó de nuevo los territorios al sultán de Marruecos, que le devolvió una negativa como respuesta. La mediación de Francia e Inglaterra pareció calmar los ánimos con la realización de los Convenios de Tánger (6 de Mayo de 1845).
 CONVENIO DE 6 DE MAYO DE 1845

Habiendo sido presentadas á Su Magestad la Reina de España y á Su Magestad el Sultan de Marruecos ....  los artículos expresados en el ultimatum dirigido al Gobierno Marroquí; y habiéndose juzgado las mismas admisibles, por convenir así á los recíprocos intereses y derechos de ambos Gobiernos, como tambien porque por tal medio quedaban restablecidas las relaciones de amistad y buena armonía entre los mismos... han convenido y arreglado los Artículos siguientes:

Articulo I. Las fronteras de Ceuta serán restituidas al estado en que se hallaban antiguamente y conforme al Artículo XV del tratado de paz vigente.
Esto ha sido ejecutado y cumplido en todas sus partes en 7 de Octubre último (23 de Ramadan 1260), como se halla mencionado en el expresado tratado que existe entre Su Magestad la Reina de España y el Sultan Marroquí.

Art. II. El Sultan de Marruecos dará sus órdenes, y prevendrá eficazmente á los moros fronterizos de Melilla, Alhucemas y Peñon de la Gomera, á conducirse en lo sucesivo como corresponde con los habitantes de dichas plazas y con los buques que se aproximen á sus costas.

Art. III. Queda convenido que se cumplirá en lo sucesivo el tenor del Articulo XXXII respecto á los anclajes, como igualmente el XXVIII que trata de los derechos de exportacion, que serán segun las antiguas estipulaciones acordadas por los Soberanos Marroquíes.

Art. IV. En vista de las consideraciones expuestas por el Gobierno Marroquí sobre la muerte del Agente Consular de España en Mazagan, queda arreglada la satisfacción de este artículo con la reprension dada al Gobernador de dicho punto, y por el saludo al Pabellon Español verificado en Tánger el 13 de Setiembre último; ofreciendo Su Magestad Marroquí que en adelante no se repetirán por parte de sus Empleados semejantes sucesos.
Se ratificará este presente Convenio por Sus Magestades la Reina de España y el Sultan de Marruecos, y se permutarán recíprocamente despues de ratificados en el término de treinta dias.

En fe de lo cual los infrascritos Plenipotenciarios y cl actual Mediador el caballero Juan Hay Drummond Hay, autorizado á tal efecto por su Gobierno, lo hemos firmado por duplicado en Larache á seis de Mayo año del Nacimiento del Mesías el mil ochocientos cuarenta y cinco, que corresponde á veinte y ocho de Rabeat Etsani año mil doscientos sesenta y uno de la I-Iegira Mahometana.
En el sello del Bajá; el Servidor del Trono elevado por Dios. Busilham Ben- Ali, Dios lo asista.
(L. S.)—ANTONIO DE • BERAMENDI Y FREIRE
(L. S.)—J. II. DRUMMOND HAY

Pero ni Ceuta y  Melilla recuperaron esos territorios ni España recibió esas ventajas firmadas, porque los convenios no se cumplieron. Así que España volvió de nuevo a la carga y reclamó ante el sultán de Marruecos que respondió con una nueva evasiva excusándose en esta ocasión en considerar la presencia de tropas españolas en las islas Chafarinas como una invasión en el territorio marroquí.

En 1859 se comenzaron las obras de fortificación de la ciudad de Ceuta, y el 24 de agosto de ese mismo año, la belicosa tribu de Anghera atacó y destruyó las obras de defensa, raspando el escudo de España que marcaba los límites de soberanía. El gobierno español pidió reparaciones, e inmediatamente pasó a reforzar la guarnición de Ceuta, situando la escuadra en Algeciras como medio de intimidación.

Los marroquíes, respaldados por Gran Bretaña, contraria a que el conflicto entre las dos naciones acabara con ventajas territoriales para España para no poner en peligro su enclave de Gibraltar,  no fueron muy diligentes en las reparaciones demandadas y éste fue un pretexto perfecto que permitió al hábil O´Donnell instigar un conflicto bélico con Marruecos, con el fin de desviar la atención pública de los graves problemas internos entre los que se debatía el país. Logró producir una exaltación patriótica sin precedentes desde la Guerra de la Independencia y consiguió el difícil objetivo de unificar el sentir de la variopinta y compleja España. El 22 de octubre la declaración de guerra fue aprobada unánimemente por los 187 diputados presentes.

 

4 de septiembre de 2012

DESDE EL IMPERIO DONDE NO SE PONIA EL SOL AL OCASO

En 1557, nada parece hacer sopesar a Felipe II su demostrada tendencia a dejar el norte de África en un plano bastante secundario. Las hostilidades con Francia y la delicada situación financiera de la Corona, que obliga a declarar la primera bancarrota de su reinado, son escenarios poco halagüeños para los deseos del conde de Alcaduete, que aún blandea la esperanza de tiempos mejores para la presencia española en el norte de África. Ante la concatenación de estos acontecimientos adversos, Felipe II opta por racionalizar los socorros que se han de enviar a tierras de Berbería, dando prioridad a aquellas materias que más urgente resolución necesitan. 

 En 1565, la Sublime Puerta, es decir, el gobierno del Imperio otomano quiso demostrar su fuerza naval atacando la isla de Malta, defendida únicamente por los caballeros de la Orden. El valor estratégico de la isla de la isla era extraordinario porque situada a poca distancia del Sur de Sicilia, su control aseguraba el paso por los estrechos, además de servir de plataforma singular para cualquier expedición que pudiera organizarse hacia el norte de África, Túnez, por ejemplo.

El heroísmo de La Valette, el gran maestre de la orden, fue cantado ampliamente y el auxilio del virrey español de Sicilia llegó con el tiempo suficiente para que la tropa turca levantara el asedio y se retirara hacia Oriente. Era la primera victoria importante de las armas cristianas desde hacía muchos años, y sirvió para comprobar que la Armada turca, que pese a su poder, era vulnerable si a ella se oponía una cierta Armada naval.

 Así pues, comenzaron las conversaciones para conseguir esa fuerza con el interrogante que constituía Venecia, siempre dispuesta a encontrar fórmulas particulares e compromiso que salvaguardasen sus propios intereses. Pero esta ocasión llegó. Dragut, el rey de Argel, ocupó Túnez y atacó a los defensores españoles de La Goleta, que estuvo a punto de rendirse. Selim, sucesor de Solimán, ayudó a los argelinos en ambas expediciones mientras preparaba su ofensiva contra los puntos estratégicos que aseguraban el comercio oriental con Occidente. El principal de todos estos enclaves era Chipre, la joya más preciada de los tesoros de Venecia; por eso, su caída fue determinante para que se decidiese pasar a la acción bélica, buscando aliados entre las potencias cristianas. Así pues, aquel año de 1570 todo parecía coincidir para que las naves católicas decidieran enfrentarse definitivamente al poder otomano.

En marzo de 1571 se llegó, por fin, al acuerdo. La Santa Liga estaría constituida por Venecia, el Papa y la Monarquía Católica, y lucharía contra el sultán y sus aliados, los corsarios del norte de África.

El encuentro entre turcos y cristianos tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Lepanto. Dos tercios de la flota imperial turca se hundieron; aquello fue un fuerte golpe para el prestigio del imperio otomano y, por el contrario, un éxito para las naves cristianas que por primera vez en muchos años habían quebrado la racha de éxitos turcos.
Sin embargo, allí en Lepanto, no despareció para siempre el poder de la Media Luna; ni tampoco el éxito de las armas cristianas fue tan rotundo como parecía.

En 1573 Juan de Austria se apoderó de Túnez, pero un año después en 1574, una escuadra turca, todavía más importante que la hundida en Lepanto volvió a conquistar la plaza, y demostró su poderío llegando a conquistar en 1576 la ciudad de Fez.

Sin embargo, desde 1576 y sobre todo tras la derrota portuguesa en Marruecos, cuando ya nadie podía dudar que el norte de África era de influencia otomana, Felipe II y el sultán Murad III negociaron la paz.

El cierre definitivo de la esperanza de reconquistar la Transfretana de los romanos lo realizó Felipe II cuando pone en vigor su política de mantener alejado a Marruecos del imperio turco, reconociendo su existencia como estado soberano, firmando una tregua con el soberano saadita y enviando una embajada a Marrakech en 1597.
Desde 1580, cuando Felipe II fue coronado rey de Portugal, las posesiones norteafricanas portuguesas pasaron a integrar el imperio Español. En 1640 Portugal recobró su independencia, pero Ceuta permaneció bajo control español, situación que aún se mantiene.

Tánger fue cedida por los portugueses a Inglaterra en 1661, como parte de la dote de Catalina de Braganza, cuando esta princesa se casó con el rey Carlos II. Los ingleses, frente a la continua presión marroquí, decidieron abandonarla el 6 de febrero de 1684.

Con el reino de Marruecos, llamado con frecuencia de los Cherifes, las relaciones españolas experimentaron en los siglos XVII y XVIII los altibajos característicos de países vecinos, pero atenidas, cada vez más, a  la normativa jurídica de los Tratados y Convenios.

El Tratado de Paz y Comercio entre España y Marruecos, firmado el 28 de Mayo de 1767, ha sido considerado canónico, y con razón. Los monarcas de España (Carlos III) y de Marruecos (Mohamed Ben-Abdala) se comprometieron, a través de sus respectivos plenipotenciarios, a conservar el estado de paz entre las dos naciones: «la paz será firme por mar y por tierra, establecida con la más recíproca y verdadera amistad entre los dos soberanos y sus vasallos respectivos» (Artículo I). No sólo se prescribían las reglas referentes al intercambio comercial en los puertos españoles y marroquíes y el derecho de pesca en las aguas ribereñas, sino que la Corte en Madrid procuró obtener, sin éxito, un ensanche para los “presidios” situados en la costa mediterránea de Marruecos (Ceuta posesión hispana desde el siglo XVII-, Melilla, Vélez y Alhucemas).

Si se repasa el Tratado de Paz, Amistad, Navegación, Comercio y Pesca entre S.M. Católica y S.M. Marroquí (Carlos IV y Muley Solimán), firmado en Mequínez el 1 de Marzo de 1799, se comprueba hasta que punto las relaciones entre los dos reinos seguían presididas por los principios de la diplomacia y la garantía de los derechos consiguientes para los súbditos de la monarquía de los Borbones y de la dinastía Alaui. Cierto es que los artículos 14 y 15 -referentes a los “presidios” y a las molestias que sus habitantes sufrían por asedio y enemistad de las tribus rifeñas- traducían una cuestión muy palpitante en las relaciones hispano-marroquíes a lo largo del entrante siglo XIX; y no menos cierto es que los artículos 35-38 reflejaban el problema de la pesca en aguas del banco pesquero canario -africano.
La realidad de la relación hispano-marroquí no era, sin embargo, la que reflejaba el conjunto de Tratados y Convenios aludidos. Las dificultades de entendimiento eran muchas, el intercambio comercial, sólo relativamente importante, y las posibilidades de futuro, nada claras.
La crisis de autoridad que sufrió la monarquía de Carlos IV (antes incluso de 1808) proyectó una clara continuidad de la posición “abandonista” desde el Conde de Aranda a Martínez de la Rosa. Así se hizo en 1792 con los enclaves de Orán y Mazalquivir que fueron vendidos al bey turco de Argel.
De otra parte, no faltó quien abogara por la conservación de aquellos enclaves en tanto en cuanto, no sólo jugaban un papel disuasorio sobre el rey de Marruecos y los bajeles de corsarios, sino que también aseguraban el comercio y la navegación de pabellón español en aguas del estrecho de Gibraltar, donde Felipe V había perdido el Peñón a manos de los ingleses. De Floridablanca (famosa Instrucción Reservada sobre dirección de la Junta de Estado) a Godoy (Memorias) y Donoso Cortés (Discursos en el Congreso de Diputados) pervivió la línea “retencionista” en el tema de los presidios situados en el Norte de Marruecos.
Paralelamente por medio del Primer Tratado de San Ildefonso en 1777, entre España y Portugal éste incorporaba a sus territorios de Brasil la colonia de Sacramento y la isla de Santa Catalina, a cambio las islas de Fernando Poo y Annobón en África, así como la licencia para comerciar con la costa continental de Camerún y Gabón hasta cabo Formoso. No fue hasta 1843 cuando el marino Juan José Lerena y Barry tomó posesión de Fernando Poo, Corisco y Rio Muni, en la costa atlántica de África.

En medio de la coyuntura de desarreglo interior generalizado que precedió a la muerte de Fernando VII, muchas cuestiones de política extrajera -y la relativa al Norte de África no fue excepción- cayeron en abandono. De una parte, la muerte de Fernando VII y los azarosos balbuceos de la Monarquía Constitucional en el decenio de 1830, y de otra, los inicios de la conquista de Argel por las tropas francesas, vinieron a alterar el statu quo imperante hasta entonces entre España y Marruecos.
Sonaría, pronto, la hora álgida del africanismo español.

22 de agosto de 2012

LA POLÍTICA NORTEAFRICANA DE CARLOS V

                                                    Mercedes Pordomingo
                                                    Alférez RV del ET 

Carlos V durante los cuarenta años de su reinado entiende los territorios norteafricanos como parte de una vasta herencia que ha de conservar y transmitir íntegra a su sucesor y heredero. Esta defensa la va a ejercer Carlos V a través de una política de control y de contención de la situación en Berbería, en la cual tiene cabida la cesión a órdenes militares de algunas tierras de difícil control desde España, caso de Trípoli, en la que entra los Orden de San Juan de Jerusalén en 1530, y el establecimiento de pactos de vasallaje con las autoridades de reinos musulmanes, como el realizado en 1535 con el jefe de la dinastía hafsí de Túnez, Muley Hassan.

Hasta tal punto el eje en torno al cual gira la política norteafricana de Carlos V es la conservación mediante la defensa, que incluso las escasas acciones de conquista que lleva a cabo al otro lado del Estrecho se justifican precisamente por la salvaguarda de los territorios amenazados. En este sentido la conquista de Túnez en 1535 se enmarca en la política de defensa de las posesiones italianas y la vigilancia de las comunicaciones en el Mediterráneo central del eje Nápoles- Sicilia.

La relación entre España y el norte de África también se advierte en todos y cada uno de los gobernadores que quedan al frente de los destinos de España en los períodos de ausencia de Carlos V. Así se advierte en la emperatriz Isabel para quien los intereses de Castilla en tierras de Berbería son objetivo prioritario de lo que ella entiende como frontera mediterránea, es decir, el litoral español y el norteafricano hasta Bugía. Y de igual manera se advierte este interés en el gobierno del príncipe Felipe entre  1543 y 1548, cuando ha de asumir el gobierno de los reinos españoles ante la salida de Carlos V hacia Alemania.

En 1547 se firma una tregua de cinco años entre la Cristiandad y el Islam a través de Carlos V y su hermano Fernando con el sultán otomano Solimán, al tiempo que se pacta una tregua con Francia en 1544. Y es precisamente la situación de calma en la que queda el Mediterráneo, sin el enfrentamiento de grandes armadas lo que favorece el auge del corso. Este auge, ya muy evidente desde la aparición en escena de los hermanos Barbarroja en la primera década del siglo XVI y, en especial, desde la pérdida cristiana del peñón de Argel en 1529, será uno de los elementos fundamentales que marquen la dificultad de Carlos V en su política de control y conservación de los territorios norteafricanos, de hecho la lucha de Carlos V en el norte de África durante los años cincuenta es, ante todo, una batalla contra los corsarios argelinos.


El 15 de agosto de 1551, Trípoli se entrega sin ofrecer resistencia por un pacto entre el maestre de la orden Gaspar de Vallier con el embajador francés ante el Turco. Pero Carlos V no muestra ninguna intención de organizar ninguna empresa para proceder a su recuperación, y seguirá con su política de defensa, de modo que incrementa los envíos de soldados, pertrechos y vituallas para la defensa de los presidios en tanto en cuanto la amenaza se acerca a sus posesiones cristianas, cesando estos socorros en cuanto la amenaza se aleja.

Estos presidios cristianos del norte de África, con el paso del tiempo, desarrollan una estrecha relación con tribus musulmanas que colaboran en el abastecimiento de la plaza a cambio de la protección cristiana frente al intento de control otomano. A finales del reinado de Carlos V es patente el recurso a los productos que estas tribus de “moros de paz” entregan al gobernador de la plaza a cambio de protección y también, a través de una venta preferente a precios especiales.

Durante el gobierno de Juana de Austria, a partir de 1554, ante la marcha de Felipe a Inglaterra para casarse con María Tudor, estalla con fuerza un problema que está agravándose en el norte de África desde hace años. La situación de los presidios españoles adquiere en 1554 unos tintes especialmente dramáticos, resultado de la situación de progresivo deterioro a la que se han visto sometidos desde poco después de su conquista. Melilla, Mazalquivir, Orán, La Goleta, Bugía y Mahida sufren la falta de pagas, de abastecimientos, y la falta de reaparaciones en las fortificaciones es cada vez más evidente. De ahí que en este año de 1554 se discuta en España la valía de estos presidios en su papel de control y defensa de la pujante amenaza del corso turco-berberisco en las aguas y costas del Mediterráneo occidental. O se procede a reforzarlos, o se abandonan definitivamente por ser en exceso gravosos para las arcas reales y haber quedado obsoletos en relación con los cometidos para los que fueron anexionados en su día. El Emperador no cede ante las presiones que intentan que abandone en bloque territorios que forman parte de su herencia patrimonial pero como la situación financiera de su imperio no le permite reforzar estos presidios, para que dejen de padecer todas las precariedades que al presente sufren y pueden dar al traste con ellos, incentiva una política de pactos con autoridades musulmanas del entorno.

En medio de esta discusión los acontecimientos se precipitan para desembocar en el verano de 1555 en la pérdida de Bugía. La plaza conquistada en 1510, sufría graves retrasos en sus pagas,y evidentes carencias en su alimentación y uniforme, lo cual eran motivos por los que la deserción fuese una salida frecuente y común para sus soldados. Ante estas circunstancias, cuando la flota de Salah Reis se desplaza a Bugía, no hay suficiente guarnición para defender la plaza y aunque Juana ordena el envío de un urgente socorro de galeras, poco se podrá hacer ante la capitulación de Alonso de Peralta.

En agosto de 1556 llegan alarmantes noticias desde Orán, la plaza española por excelencia en el norte de África y objetivo expreso de Argel desde la toma de Bugía acaba de ser sitiada. Juana  ya se había preocupado en los mese finales de 1555 de fortalecer la plaza con el envío de soldados extraordinarios, municiones y pertrechos, y esto unido a la pericia del conde de Alcaudete al organizar la defensa de la plaza fue la baza fundamental que pudieron oponer los españoles frente a un ataque que, cierto es, ya venía condicionado por la muerte por peste de Salah Rais cuando ya se habían movilizado numerosas galeras turcas y corsarias.

Este afortunado desenlace evita de momento a los españoles un nuevo descalabro, pero el emperador desde su retiro de Yuste, desde sus largos años de conocimiento de las formas de actuación y tácticas empleadas por turcos y berberiscos, intuye un nuevo ataque sobre Orán  en la primavera o el verano de 1557, ante lo cual inquiere que esta plaza vaya siendo provista de todo lo necesario para que pueda repeler un ataque enemigo, y añade “ pues si se perdiesse no querria hallarme en España ni en las Indias sino donde no lo oyesse, por la grande afrenta quel Rey recibiría en ella y el daño destos Reynos”. En esta breve pero tajante afirmación Carlos V no está sino demostrando su apoyo a la política de Juana respecto al norte de África, a la que anima a seguir gestionando todos los envíos posibles que favorezcan la continuidad de estas plazas en manos españolas. Pero el aún Emperador también llama así la atención a su hijo. Al insinuarle la repercusión que alcanzaría el tener una pérdida como la conquista de Orán por los musulmanes, lo que le está queriendo decir es que, por muy complicados que estén los asuntos en Europa, tiene un deber inexorable de conservación y defensa de las plazas que ha heredado al otro lado del Estrecho.
 

13 de agosto de 2012

ESPAÑA EN LA COSTA ATLÁNTICA DE ÁFRICA

                                                                                   Mercedes Pordomingo Esteban
                                                                                   Alférez RV del ET.

Paralelamente a nuestra presencia en la costa mediterránea de África, se produce la incursión de España en su costa atlántica.

En  1402 se inicia la conquista de las islas Canarias con la expedición a Lanzarote de los normandos Jean de Bethencourth y Gadifer de la Salle, sujetos al vasallaje de la Corona de Castilla y con el apoyo de la Santa sede.

Entre 1448 y 1459 se produjo una crisis entre Castilla y Portugal por el control de las islas, cuando Maciot de Bethencourth vendió el señorío de la isla de Lanzarote al príncipe portugués Enrique el Navegante, lo cual no fue aceptado por los nativos y castellanos residentes en la isla que iniciaron una revuelta que expulsó a los portugueses. Gran Canaria fue conquistada directamente por la Corona de Castilla, y desde ella, comienza la conquista de las demás islas occidentales, como la Palma o Tenerife. En 1496 culmina la conquista de Tenerife, siendo la última de las islas Canarias que queda incorporadas a la Corona de Castilla.

 En 1476 Diego García de Herrera, después de conquistar algunas de las islas Canarias y vender sus derechos feudales sobre ellas a los Reyes Católicos, se estableció en las costas del denominado por entonces Mar Menor de Berbería, sobre una fortaleza a la que puso el nombre de Santa Cruz de la Mar Pequeña. Estaba localizada en una ensenada conocida en esa época por los españoles como Mar Pequeña y actualmente como Puerto Cansado. Esta primera torre desapareció en 1485, aunque para ese año ya funcionaba otra factoría llamada San Bartolomé en Cabo Juby.


Lo que fue solo una ocupación de hecho se convirtió a  partir del 4 de septiembre de 1479, con el Tratado de Alcacovas, en algo de pleno derecho. Por este tratado Castilla reconocía las posesiones de Portugal en Fez y en la costa de Guinea y, a cambio, Portugal reconocía la de Canarias para la corona española.

El reparto africano se alteró con el descubrimiento de América, lo que obligó a ambas potencias a solventar sus discrepancias con el Tratado de Tordesillas, firmado el 7 de Junio de 1494. En él además de los límites atlánticos se establecían los del norte de África: Portugal se quedaba con el reino de Fez y Castilla con el de Tremecen, las ciudades de Melilla y Cazaza y la costa africana frontera con las Canarias, desde el cabo Bojador hasta el cabo Güera y la desembocadura del río Messa.

En 1495 Los Reyes Católicos dan órdenes a Alonso Fajardo, gobernador de Canarias, de reedificar la torre de Santa Cruz. Diego de Cabrera, enviado de Fajardo, viaja a la costa africana para entablar negociaciones con los jeques locales de cara a obtener facilidades al establecimiento español. En agosto de 1496, tras la aceptación de los jeques a convertirse en vasallos de Castilla, parte hacia Mar Pequeña una flotilla de cinco buques con materiales de construcción, albañiles y una escolta de soldados, iniciándose las obras que se terminarán en noviembre de ese mismo año.

La torre tendría planta cuadrada con ocho metros de lado y varios pisos. En el superior existían troneras y la terraza estaría defendida por un muro almenado. Sus funciones serían las de defensa y atalaya. Almacenes y tiendas montadas por los comerciantes ocasionales completarían el conjunto que estaría rodeado por un muro.

En junio de 1497 los Reyes Católicos ponen bajo su salvaguarda a todos los comerciantes magrebíes y saharauis que acudieran a la factoría, salvaguarda que se extendía a los que pagaran parias que no podrían ser atacados y capturados como esclavos. El volumen de negocios que se contrataba en la torre de Santa Cruz dejaba a la Hacienda Real unos cien mil maravedíes al año. Esto llevó a plantearse una mayor implantación española en la zona.
En febrero de 1499, cinco tribus que habitaban el valle del río Draa: Tagaos, Tagamarte, Ufran, Tamanarte y Aulajamar, que los castellanos englobaban en un reino llamado Bú-Tata, se declararon vasallos de los Reyes Católicos y al año siguiente se decide la construcción de nuevas fortalezas en cabo Bojador, la desembocadura del río Asaka y cabo Nun, (desembocadura del Draa) pero el proyecto no fructifica.Las disputas por los límites de los reinos de Fez y la costa fronteriza de Canarias llevaron a castellanos y portugueses a una nueva reunión. La convención de Sintra de 1509. Allí se estableció que la zona española en el norte de África comenzaba seis leguas al oeste del peñón de Vélez de la Gomera y se extendía hacia el este. Portugal tendría desde ese límite hacia el oeste, con toda la costa occidental menos la torre de Santa Cruz del Mar Pequeña, cuyos derechos de posesión se reconocían a España plenamente.

Santa Cruz es tomada por las tropas de los Jerifes Saaditas en 1524 y el resto de los asentamientos y factorías españolas son paulatinamente abandonados de forma que a finales del siglo XVI no queda ninguna.

7 de agosto de 2012

PORTUGAL Y LOS REYES CATÓLICOS LLEGAN AL NORTE DE ÁFRICA

                                                                                Mercedes Pordomingo
                                                                                Alférez RV

Entre los años 718 y 1230 en la Península Ibérica se forman los principales núcleos cristianos en los reinos de Asturias, Navarra, León, Galicia, Portugal, Aragón y Castilla.

En 1294 Portugal conquista Faro y consolidaba prácticamente sus actuales fronteras y Castilla unos años más tarde hacia lo propio aunque por el tratado de Jaén de 1246 había reconocido la existencia del reino nazarí de Granada, lo que determinó el estacionamiento de la frontera a lo largo de dos siglos y medio, que sin embargo, no hizo olvidar a los reyes cristianos el ideal de reconquista de España y la recuperación de sus fronteras naturales, es decir, hasta el Atlas. Por ello, cuando las circunstancias fueron propicias “fijáronse… las miradas de las dos naciones peninsulares en áfrica” y va ser precisamente Portugal la primera potencia que atraviesa el estrecho y en 1415 se apodera de Ceuta y se lanza a ocupar puestos y posiciones estratégicas en el litoral marroquí para proteger su navegación hacia el áfrica ecuatorial y Austral en su camino hacia la India. Así después de Ceuta, en 1471 se apoderaron los portugueses de Arcila y Tánger; Alcazárseguer en 1458, Agadir en 1505, Mogador en 1506, Safi en 1508 Azenmur en 1513 y Mazagán en 1514.  Pero la vida de los portugueses en estas ciudades fortificadas fue siempre difícil debido a los constantes ataques de los moros. Los alimentos, el agua y otros bienes necesarios para la vida cotidiana venían de Portugal o de España por mar o eran comprados a los moros que en tiempo de paz se disponían a comerciar con los portugueses.

Castilla pese a algunas acciones a lo largo del siglo XIV y XV, no había tenido la oportunidad de acercarse a las costas del norte de África y sus energías  las encauzaba hacia el reino nazarí de Granada.

El matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón unificó, aunque fuera de forma personal ambos reinos y propició la formación de un estado moderno. Un asunto de las parias, manejado hábilmente por la diplomacia fernandina da lugar a una larga guerra de doce años que culmina con la toma de Granada en 1492 por los llamados Reyes Católicos.
Precisamente la fecha de 1492 marcará un hito fundamental en la historia de España, por un lado se acaba con el último estado musulmán, quedando solo irredenta la Transfretana, es decir, el norte de África, por lo que siguiendo la corriente mantenida por todos los reinos cristianos peninsulares del Medievo el paso inmediato hubiese sido pasar a África.

En su última voluntad la reina Isabel había pedido a su hija Juana y al esposo de ésta Felipe, que intentaran seguir adelante con la conquista de África para continuar con la labor de lucha contra el Islam. La temprana muerte del Habsburgo y la incapacidad de la hija de los Reyes Católicos acabarían por transferir esta misión a Fernando de Aragón quien, en la primera década del siglo XVI, y conjugando los intereses de Castilla y Aragón en el norte de África, posibilitó la adquisición de nuevas plazas en el continente vecino Melilla (1497), Mazalquivir y Cazaza (1506), Vélez de la Gomera (1508), Orán (1509) Bugía y Trípoli (1510)


 Este proyecto necesitaba de otro de los grandes pilares de la política exterior de Fernando: “paz entre cristianos, y guerra contra los infieles”. Para ello era necesaria la paz europea mediante una alianza hispano-inglesa que obligara a Francia a abandonar su expansionismo italiano y por ende la lucha contra España. Esta conjunción no se dio, la guerra con Francia fue prácticamente endémica y la política de Enrique VIII de Inglaterra, de Maximiliano I de Alemania, así como de Venecia y el Papado obligaron a los Reyes Católicos a aplazar sine die la empresa norteafricana.