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23 de abril de 2013

EL BARRANCO DEL LOBO, UN NUEVO ZARPAZO EN LA MISMA HERIDA



El siglo XX comenzaba en España con división de pareceres respecto a su futura actuación en Marruecos; reconstruir el prestigio internacional de España tras la pérdida de las últimas colonias en 1898 animaba a una parte de la nación a una política intervencionista. En primer lugar, el Ejército, que había resultado profundamente herido tras los desastres de Cavite y Santiago vieron en África la oportunidad para recuperar su prestigio. Un segundo grupo de presión lo constituyó el mundo empresarial, y en particular el capital vasco y catalán, muy involucrado en las explotaciones mineras del norte de Marruecos como en los proyectos de colonización agrícola. Sin embargo otras voces no encontraban motivos para apoyar la entrada en un teatro de operaciones que presagiaba un  alto coste en relación a las compensaciones que se podían derivar de esta empresa. Las pretensiones españolas respecto a Marruecos habían oscilado hasta el momento entre el respeto al statu quo y el deseo de intervención, acabando por imponerse esta última aspiración.

La ocupación militar de la costa marroquí se inició en 1908 con la toma de la Restinga y Cabo del Agua. El general Marina, que por entonces era el gobernador militar de Melilla, intentaba de este modo impedir la construcción de una fábrica francesa de armas en las cercanías de la plaza.  No hay que esperar demasiado para asistir el primer gran tropiezo militar de España en el siglo XX, estrechamente relacionado con la figura del Roghi.

Mientras tales decisiones se dirimían en Madrid, en el distrito marroquí de Taza, tenía lugar una seria sublevación contra el Sultán. El cabecilla de aquella revuelta era un cabileño árabe, antiguo funcionario que tras su paso por la cárcel se convirtió en un renombrado jefe religioso y se declaró a si mismo Roguí, es decir, pretendiente al  trono de Marruecos, difundiendo el rumor de que era el hijo perdido del antiguo sultán.
El Roguí



 Como resultado de esta sublevación Jilali ben Dris, también llamado “Bu Hamara”, el Roguí, extendió su dominio sobre la parte nordeste de Marruecos, desde Fez a Melilla y con el apoyo y la connivencia francesa se proclamó sultán en Taza. Con el gobierno español mantuvo una cautelosa amistad, aunque nunca estuvo reconocido abiertamente  ya  que naturalmente España estaba obligada a apoyar al sultán.

En julio de 1907, el Roguí otorgaba a la Compañía española de Minas del Rif un arriendo de noventa y nueve años sobre las minas de hierro de Uixan, así como el derecho a construir un ferrocarril  que enlazara las minas con el puerto de Melilla.

Construcción del ferrocarril Melilla Uixan

 El mes siguiente, el Roguí hacia una concesión similar con las minas de plomo del Monte Afra, esta vez a la compañía franco española del norte de África. La venta de estos derechos mineros al extranjero incubaron el desprestigio de Bu Hamara ya que los cabileños interpretaron la venta de estas  concesiones como una traición, y comenzaron a unirse en una lucha en la que las tribus rifeñas se levantaron contra el Roguí, hasta que en el verano de 1909, sus ejércitos fueron derrotados y él fue capturado y entregado al sultán cuya autoridad había usurpado durante casi una década.

El descalabro del Roguí evidenció que las tribus rifeñas, aunque independientes eran capaces de cerrar filas y presentar un frente unido frente al invasor. El 8 de agosto de 1908 los moros de M´Tlaza y Beni Sicar asaltaron las instalaciones mineras y aunque no causaron víctimas la situación se volvió muy tensa y el general Marina Comandante General de Melilla, pidió instrucciones y refuerzos al gobierno, ya que con las fuerzas con que contaba no podía  continuar  protegiendo las explotaciones mineras. El gobierno se limitó a pedir calma al general para no incomodar a los marroquíes y envió al embajador Merry del Val a fin de conseguir un acuerdo que permitiese  seguir con las explotaciones, pero al no lograr su objetivo el Gobierno español presionado por Francia, que amenazó con enviar tropas, autorizó con fecha 9 de junio de 1909 la reanudación de los trabajos.

El 30 de junio y el 1 de julio surgieron incidentes con los rifeños, lo que obligó a Marina a pedir permiso a Madrid para ocupar el Atalayón y proteger así a los trabajadores, pero el Gobierno nuevamente denegó el permiso. Ante la negativa gubernamental a autorizar la ocupación y fortificación de posiciones que permitieran defender a los trabajadores de un posible ataque rifeño, Marina ordena una expedición por estas cabilas, que lo único que consigue es la captura de seis agitadores que son conducidos presos a Melilla.

Las detenciones son el detonante de la sublevación, y el 9 de julio de 1909 se produce en Sidi Musa un ataque de los rifeños a un grupo de obreros españoles que construían un puente para un ferrocarril minero, matando a seis de ellos e hiriendo a uno. Cuando los hechos son conocidos por el gobierno, presidido por Maura, éste decreta el 10 de julio la movilización de tres brigadas mixtas de Cazadores, la de Madrid, Cataluña y Campo de Gibraltar  formadas en su mayor parte por reservistas de las quintas de 1903 y 1904, lo que provoca disturbios en Madrid y en Barcelona, donde se producen los sucesos conocidos como la Semana Trágica.

En días sucesivos, menudean los enfrentamientos con francotiradores ocultos en las alturas que dominan las posiciones españolas. El día 16 comienza la llegada a Melilla de las fuerzas expedicionarias. El 20 se produce un nuevo ataque rifeño en Sidi Musa, aunque fue rechazado por los españoles tras largos combates, bajo un sol abrasador sin agua y sin comida. El 22 los ataques se aproximan a Melilla, por lo que para detener el avance enemigo se ordena una concentración del fuego artillero sobre el principal núcleo atacante.
General Marina

 El general Marina, en previsión de un ataque a Melilla, acantona una columna de seis compañías de infantería y una sección de obuses en las proximidades de la ciudad, al mando del coronel Álvarez Cabrera.  Este mando, por iniciativa propia, ordena una marcha nocturna hacia Ait Aixa, perdiéndose durante la noche y amaneciendo en el barranco de Alfer, donde son sorprendidos y diezmados por los francotiradores apostados en las alturas. Esta imprudencia, que cuesta la vida al coronel, produce además 26 muertos y casi 230 heridos. Sin embargo, se consigue el objetivo de sacar a los rifeños de sus posiciones y de hacerlos retroceder.

El 26 de julio se reciben noticias a través de confidentes rifeños sobre la preparación de un potente ataque rebelde. El general Marina, ya teniente general y Comandante del Ejército de Melilla, ordena la salida de tropas para proteger la posición de la Segunda Caseta.

                                                             
Teatro de operaciones

 Asimismo, dispone que la brigada de Cazadores de Madrid, mandada por el general Guillermo Pintos Ledesma, vigile la zona del barranco del Lobo y el de Alfer, situados en las estribaciones del monte Gurugú, ante lo cual la Brigada se desplegó ofensivamente en dos alas que se moverían simultáneamente sobre la loma de Ait Aixa. El avance del ala derecha fue detendido por un fuego infernal que los fijó al terreno, mientras que el ala izquierda bajo un intenso fuego atravesó el Barranco del Infierno y se adentró en el del Lobo. El teniente coronel Palacios, que hasta el momento había sido un estímulo para sus hombres, cayó abatido por los disparos y los soldados comenzaron un atropellado repliegue. La situación se agravó cuando los cazadores recibieron fuego por los flancos y retaguardia, debido a que en su avance se habían introducido en lo más hondo del barranco y los rifeños los habían rodeado.

El teniente Joaquín Tourné, del batallón de Las Navas, contuvo a los fugitivos, reunió los restos de varias compañías y los hizo cargar a la bayoneta para desalojar al adversario de una loma que dominaba el barranco. Allí resistirían los ataques hasta que muerto el teniente, los cazadores se precipitaron  peñas abajo para salvar sus vidas. Los del batallón de Llenera, que avanzaron a retaguardia de los de Las Navas, entraron en línea para proteger el flanco formando un ángulo defensivo que apenas pudo contener la marea rifeña. Se envió a los de Arapiles para cubrir la retirada de los de Las Navas y Llerena. El capitán Melgar, que mandaba la reserva, partió con sus hombres a paso de carga, rebasó a los fugitivos y se adentró en el barranco para auxiliar a los islostes de resistencia que aún aguantaban. De nuevo el fuego rifeño frenó a los cazadores que, diezmados, se replegaron hacia la salida del funesto barranco.

El general Marina, ante la gravedad de la situación, asumió el mando directo y dispuso que el coronel Axó que estaba en la Segunda Caseta avanzara con sus fuerzas de modo que las fuerzas protegidas se convirtieron en protectoras. La maniobra consiguió el propósito de Marina y la presión enemiga fue cediendo, sobre todo por el intenso fuego de artillería que cubría el repliegue.

Sobre las tres y media los batallones de Arapiles, Las Navas y Llerena, abandonaron precipitadamente el Barranco del Lobo, buscando el apoyo de las tropas que acudían en su auxilio. Se reagruparon e iniciaron una retirada por escalones.
Las últimas tropas entraron en Melilla cuando la noche ya había caído. Esta trágica jornada, que se conoce en nuestra historia como el Desastre del Barranco del Lobo quebrantó el ánimo de las tropas españolas que entraron al resguardo de Melilla con el pesar de no haber podido ni siquiera rescatar los cadáveres de los compañeros caídos en este fatídico día, 1 general, Pintos, 17 jefes y oficiales, y 136 de tropa. A ellos se les sumó 599 heridos víctimas todos ellos de una jornada de luto que causó una profunda conmoción en España, siendo tema para una coplilla popular difundida durante muchos años, especialmente entre los soldados que servían en África, y cuya letra era la siguiente:


                                          


 En el Barranco del Lobo
hay una fuente que mana
sangre de los españoles
que murieron por España.
(otras versiones: «por la patria»)            
¡Pobrecitas madres,
cuánto llorarán,
al ver que sus hijos
a la guerra van!
Ni me lavo ni me peino
ni me pongo la mantilla,
hasta que venga mi novio
de la guerra de Melilla.

¡Pobrecitas madres,
cuánto llorarán,
al ver que sus hijos
a la guerra van!
Melilla ya no es Melilla,
Melilla es un matadero
donde van los españoles
a morir como corderos.

¡Pobrecitas madres,
cuánto llorarán,
al ver que sus hijos
a la guerra van!