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10 de diciembre de 2012

FRANCIA, MAESTRO DE CEREMONIAS EN EL REPARTO DE MARRUECOS

En vísperas del siglo XX, Marruecos estaba rodeado de potencias dispuestas a asegurar su futuro en el continente africano a expensas del país marroquí.

Tierra de desiertos e inhóspitas montañas, unificada o pacificada en contadas ocasiones,y afectada de anarquía crónica,estaba habitada por una población fiel a su terreno hasta el fanatismo, compuesta principalmente de primitivos cabileños musulmanes. Marruecos era gobernado por un sultán a quien la tradición le permitia designar su sucesor, pero como a menudo había más de un pretendiente, cada nuevo sultán se veía obligado a reunir un ejército y defender sus derechos entre las tribus esparcidas por todo el país  y luego viajar de un lado para otro para exigir el pago de impuestos.

Para los observadores europeos habituados a formas de gobierno menos caóticas, Marruecos aparecía en un estado de constante anarquía, pero el verdadero panorama era algo diferente. No había falta de autoridad central en Marruecos. El sultán era reconocido por todos como el jefe de estado espiritual, pero su reconocimiento como jefe de Estado solamente tenía lugar en aquellos territorios que él, o bien sus hombres, habían visitado y pacificado; es decir, solamente en aquellas regiones que se hallaban ya bajo el control del ejército real y de los recaudadores de impuestos.

A principios del siglo XX, el dominio del sultán se extendía sobre dos áreas toscamente triangulares: la primera, confinaba al norte con Tánger, al este con Fez, y con Rabat al sur; la segunda, tenia Rabat en la punta norte, Marrakech al este y Mogador al sur. Estas dos regiones comprendían todas las ciudades principales y la mayor parte de la llanura costera más accesible, y sus habitantes eran mayormente árabes y bereberes arabizados. El conjunto de las dos regiones constituían el Blad el -Mazjen (territorio sujeto al gobierno); el resto de Marruecos constituía el Blad el -Siba (territorio no dominado). Los límites de las dos áreas fluctuaban constantemente según el avance o retroceso de las fuerzas reales.



Las áreas sombreadas indican los territorios del Blad el -Majzen

En 1900 Marruecos se encontraba bajo el reinado de Abd el-Aziz, hijo de Muley Hassan. Este monarca murió en 1894, y al ser su hijo menor de edad se encargó de la regencia el notable Ba Ahmed que al dirigir un corrompido gobierno, aumentó la oposición al joven sultán.

En 1902, estalló al noroeste la revuelta de Bu Hamara, y todas las tierras comprendidas entre la frontera argelina y Fez, con la excepción del Rif, cayeron en manos de los rebeldes. En el Yebala, zona montañosa del noroeste, Raysuli, jerife famoso por su rapacidad mantuvo aterrorizada a la población, pero Abd el- Aziz se encontaba totalmente impotente para enfrentarse a cada una de las revueltas en las que se encontraba envuelto su reino. La anarquía parecia inminente, y pronto quedó claro que el Imperio Jerifiano era una ficción y que Marruecos en este momento solo era un conglomerado inestable de cabilas.

En este contexto, el engranaje de los tratados internacionales para el reparto de Marruecos se puso en marcha.

En 1902 Francia propuso secretamente a Madrid una división de Marruecos, prometiendo a España todas las tierras al norte del rio Sebú incluyendo las ciudades de Fez y Taza, junto con el puerto atlántico de Agadir y toda la parte hacia el sur del río Sus. Pero España temerosa de la reacción británica si el plan se descubría, rechazó la oferta francesa.

En 1903, Francia logró un acuerdo con Italia, por el que se comprometía a garantizar la prioridad italiana en Libia a cambio de una prioridad semejante de Francia en Marruecos.

En abril de 1904 un tratado anglo-francés otorgaba a Gran Bretaña libertad de acción para llevar adelante sus propósitos en Egipto, a la vez que concedía idénticas posibilidades a Francia en Marruecos. Además  acordaron que España, en virtud de su posición geográfica y de sus posesiones en el litoral mediterráneo  recibiría especial consideración. Así Gran Bretaña prefirió que España, más débil, recién derrotada en un conflicto colonial y con aspiraciones de tener algún peso en el concierto mundial, recibiera la posición más septentrional de Marruecos, teniendo siempre presente la posición de su plaza en Gibraltar. 

En octubre, España completó un acuerdo con Francia cuyo lado público estipulaba que ambos países habían llegado a un acuerdo sobre la extensión de sus respectivos derechos en Marruecos, pero su aspecto secreto estipulaba que los franceses eran menos generosos que en la propuesta de 1902, por lo cual  España iba a recibir solo aquella porción del norte de Marruecos comprendido entre el río Muluya, al este, y el Océano Atlántico al oeste; y desde el Mar Mediterráneo, por el norte, hasta una serpenteante línea en el sur trazada burdamente de este a oeste a unos 40 km al norte del río Werga por encima de Fez; más una pequeña área desértica en la costa atlántica en el extremo sur del Marruecos francés. Bajo su dominio quedaron sólo las zonas más estériles y aquellas donde las tribus eran más belicosas.
 Alemania, contrariada por haber quedado excluida en los tratados anglo-francés de abril de 1904 y el posterior franco-español, consideró dañados sus intereses comerciales, de modo que inició una campaña de protestas que culminaron con la visita del Káiser Guillermo II a Tánger para apoyar la autonomía del Sultán, prestando asistencia financiera si fuese necesario.

Todo esto provocó una crisis internacional que dio lugar a la Conferencia de Algeciras. La Conferencia comenzó el 16 de enero de 1906 y finalizó el 1 de abril. Además de Alemania y Marruecos, acudieron Francia, España, Gran Bretaña, y otros nueve países. Los resultados fueron favorables a las aspiraciones franco-españolas y frustrantes para Alemania, que no consiguió sus propósitos de participar en la política marroquí. Los alemanes capitularon, pero mostraron un profundo descontento, y en el verano de 1911 volvieron a poner en vilo a Europa cuando mandaron su cañonero Panther a Agadir, a fin de proteger los intereses comerciales alemanes en aquella área. El significado de este connato alemán de interferirse en la esfera francesa fue  esquivado hábilmente por Francia que inició dos tratados que Alemania firmó en noviembre de 1911. Allí Alemania reconocía el derecho francés a un protectorado marroquí.


Por consiguiente, el único obstáculo de Francia para su dominio de Marruecos era el establecimiento de condiciones con el sultanato. Los asuntos internos marroquíes habían empeorado desde la llegada de Abd el -Aziz al trono, ni siquiera tenia autoridad para exigir obediencia en el Blad-el Mazjen. Los franceses, entretanto, utilizaban toda clase de pretextos para invadir el terreno que sobre el papel ya dominaban.
 En noviembre de 1908 el sultán abdicó en favor de Mulay Hafiz que aportó muy poco tanto a la sofocación de las revueltas nativas como de la influencia francesa. Muy al contrario  Hafiz se hallaba atrapado en la difícil coyuntura de tener que garantizar los derechos europeos y la idea de volver a un Marruecos independiente, y privado del apoyo británico y abrumado por las deudas, en marzo de 1911 Hafiz pidió la ayuda francesa para el mantenimiento de su imperio. Un año después, el 30 de marzo de 1912, bajo fuerte presión de los franceses, estampaba su firma en el Tratado de Fez, con lo que rubricaba el fin de la independencia de su país y concedía a Francia el protectorado legal sobre Marruecos.