Vistas de página en total

23 de abril de 2013

EL BARRANCO DEL LOBO, UN NUEVO ZARPAZO EN LA MISMA HERIDA



El siglo XX comenzaba en España con división de pareceres respecto a su futura actuación en Marruecos; reconstruir el prestigio internacional de España tras la pérdida de las últimas colonias en 1898 animaba a una parte de la nación a una política intervencionista. En primer lugar, el Ejército, que había resultado profundamente herido tras los desastres de Cavite y Santiago vieron en África la oportunidad para recuperar su prestigio. Un segundo grupo de presión lo constituyó el mundo empresarial, y en particular el capital vasco y catalán, muy involucrado en las explotaciones mineras del norte de Marruecos como en los proyectos de colonización agrícola. Sin embargo otras voces no encontraban motivos para apoyar la entrada en un teatro de operaciones que presagiaba un  alto coste en relación a las compensaciones que se podían derivar de esta empresa. Las pretensiones españolas respecto a Marruecos habían oscilado hasta el momento entre el respeto al statu quo y el deseo de intervención, acabando por imponerse esta última aspiración.

La ocupación militar de la costa marroquí se inició en 1908 con la toma de la Restinga y Cabo del Agua. El general Marina, que por entonces era el gobernador militar de Melilla, intentaba de este modo impedir la construcción de una fábrica francesa de armas en las cercanías de la plaza.  No hay que esperar demasiado para asistir el primer gran tropiezo militar de España en el siglo XX, estrechamente relacionado con la figura del Roghi.

Mientras tales decisiones se dirimían en Madrid, en el distrito marroquí de Taza, tenía lugar una seria sublevación contra el Sultán. El cabecilla de aquella revuelta era un cabileño árabe, antiguo funcionario que tras su paso por la cárcel se convirtió en un renombrado jefe religioso y se declaró a si mismo Roguí, es decir, pretendiente al  trono de Marruecos, difundiendo el rumor de que era el hijo perdido del antiguo sultán.
El Roguí



 Como resultado de esta sublevación Jilali ben Dris, también llamado “Bu Hamara”, el Roguí, extendió su dominio sobre la parte nordeste de Marruecos, desde Fez a Melilla y con el apoyo y la connivencia francesa se proclamó sultán en Taza. Con el gobierno español mantuvo una cautelosa amistad, aunque nunca estuvo reconocido abiertamente  ya  que naturalmente España estaba obligada a apoyar al sultán.

En julio de 1907, el Roguí otorgaba a la Compañía española de Minas del Rif un arriendo de noventa y nueve años sobre las minas de hierro de Uixan, así como el derecho a construir un ferrocarril  que enlazara las minas con el puerto de Melilla.

Construcción del ferrocarril Melilla Uixan

 El mes siguiente, el Roguí hacia una concesión similar con las minas de plomo del Monte Afra, esta vez a la compañía franco española del norte de África. La venta de estos derechos mineros al extranjero incubaron el desprestigio de Bu Hamara ya que los cabileños interpretaron la venta de estas  concesiones como una traición, y comenzaron a unirse en una lucha en la que las tribus rifeñas se levantaron contra el Roguí, hasta que en el verano de 1909, sus ejércitos fueron derrotados y él fue capturado y entregado al sultán cuya autoridad había usurpado durante casi una década.

El descalabro del Roguí evidenció que las tribus rifeñas, aunque independientes eran capaces de cerrar filas y presentar un frente unido frente al invasor. El 8 de agosto de 1908 los moros de M´Tlaza y Beni Sicar asaltaron las instalaciones mineras y aunque no causaron víctimas la situación se volvió muy tensa y el general Marina Comandante General de Melilla, pidió instrucciones y refuerzos al gobierno, ya que con las fuerzas con que contaba no podía  continuar  protegiendo las explotaciones mineras. El gobierno se limitó a pedir calma al general para no incomodar a los marroquíes y envió al embajador Merry del Val a fin de conseguir un acuerdo que permitiese  seguir con las explotaciones, pero al no lograr su objetivo el Gobierno español presionado por Francia, que amenazó con enviar tropas, autorizó con fecha 9 de junio de 1909 la reanudación de los trabajos.

El 30 de junio y el 1 de julio surgieron incidentes con los rifeños, lo que obligó a Marina a pedir permiso a Madrid para ocupar el Atalayón y proteger así a los trabajadores, pero el Gobierno nuevamente denegó el permiso. Ante la negativa gubernamental a autorizar la ocupación y fortificación de posiciones que permitieran defender a los trabajadores de un posible ataque rifeño, Marina ordena una expedición por estas cabilas, que lo único que consigue es la captura de seis agitadores que son conducidos presos a Melilla.

Las detenciones son el detonante de la sublevación, y el 9 de julio de 1909 se produce en Sidi Musa un ataque de los rifeños a un grupo de obreros españoles que construían un puente para un ferrocarril minero, matando a seis de ellos e hiriendo a uno. Cuando los hechos son conocidos por el gobierno, presidido por Maura, éste decreta el 10 de julio la movilización de tres brigadas mixtas de Cazadores, la de Madrid, Cataluña y Campo de Gibraltar  formadas en su mayor parte por reservistas de las quintas de 1903 y 1904, lo que provoca disturbios en Madrid y en Barcelona, donde se producen los sucesos conocidos como la Semana Trágica.

En días sucesivos, menudean los enfrentamientos con francotiradores ocultos en las alturas que dominan las posiciones españolas. El día 16 comienza la llegada a Melilla de las fuerzas expedicionarias. El 20 se produce un nuevo ataque rifeño en Sidi Musa, aunque fue rechazado por los españoles tras largos combates, bajo un sol abrasador sin agua y sin comida. El 22 los ataques se aproximan a Melilla, por lo que para detener el avance enemigo se ordena una concentración del fuego artillero sobre el principal núcleo atacante.
General Marina

 El general Marina, en previsión de un ataque a Melilla, acantona una columna de seis compañías de infantería y una sección de obuses en las proximidades de la ciudad, al mando del coronel Álvarez Cabrera.  Este mando, por iniciativa propia, ordena una marcha nocturna hacia Ait Aixa, perdiéndose durante la noche y amaneciendo en el barranco de Alfer, donde son sorprendidos y diezmados por los francotiradores apostados en las alturas. Esta imprudencia, que cuesta la vida al coronel, produce además 26 muertos y casi 230 heridos. Sin embargo, se consigue el objetivo de sacar a los rifeños de sus posiciones y de hacerlos retroceder.

El 26 de julio se reciben noticias a través de confidentes rifeños sobre la preparación de un potente ataque rebelde. El general Marina, ya teniente general y Comandante del Ejército de Melilla, ordena la salida de tropas para proteger la posición de la Segunda Caseta.

                                                             
Teatro de operaciones

 Asimismo, dispone que la brigada de Cazadores de Madrid, mandada por el general Guillermo Pintos Ledesma, vigile la zona del barranco del Lobo y el de Alfer, situados en las estribaciones del monte Gurugú, ante lo cual la Brigada se desplegó ofensivamente en dos alas que se moverían simultáneamente sobre la loma de Ait Aixa. El avance del ala derecha fue detendido por un fuego infernal que los fijó al terreno, mientras que el ala izquierda bajo un intenso fuego atravesó el Barranco del Infierno y se adentró en el del Lobo. El teniente coronel Palacios, que hasta el momento había sido un estímulo para sus hombres, cayó abatido por los disparos y los soldados comenzaron un atropellado repliegue. La situación se agravó cuando los cazadores recibieron fuego por los flancos y retaguardia, debido a que en su avance se habían introducido en lo más hondo del barranco y los rifeños los habían rodeado.

El teniente Joaquín Tourné, del batallón de Las Navas, contuvo a los fugitivos, reunió los restos de varias compañías y los hizo cargar a la bayoneta para desalojar al adversario de una loma que dominaba el barranco. Allí resistirían los ataques hasta que muerto el teniente, los cazadores se precipitaron  peñas abajo para salvar sus vidas. Los del batallón de Llenera, que avanzaron a retaguardia de los de Las Navas, entraron en línea para proteger el flanco formando un ángulo defensivo que apenas pudo contener la marea rifeña. Se envió a los de Arapiles para cubrir la retirada de los de Las Navas y Llerena. El capitán Melgar, que mandaba la reserva, partió con sus hombres a paso de carga, rebasó a los fugitivos y se adentró en el barranco para auxiliar a los islostes de resistencia que aún aguantaban. De nuevo el fuego rifeño frenó a los cazadores que, diezmados, se replegaron hacia la salida del funesto barranco.

El general Marina, ante la gravedad de la situación, asumió el mando directo y dispuso que el coronel Axó que estaba en la Segunda Caseta avanzara con sus fuerzas de modo que las fuerzas protegidas se convirtieron en protectoras. La maniobra consiguió el propósito de Marina y la presión enemiga fue cediendo, sobre todo por el intenso fuego de artillería que cubría el repliegue.

Sobre las tres y media los batallones de Arapiles, Las Navas y Llerena, abandonaron precipitadamente el Barranco del Lobo, buscando el apoyo de las tropas que acudían en su auxilio. Se reagruparon e iniciaron una retirada por escalones.
Las últimas tropas entraron en Melilla cuando la noche ya había caído. Esta trágica jornada, que se conoce en nuestra historia como el Desastre del Barranco del Lobo quebrantó el ánimo de las tropas españolas que entraron al resguardo de Melilla con el pesar de no haber podido ni siquiera rescatar los cadáveres de los compañeros caídos en este fatídico día, 1 general, Pintos, 17 jefes y oficiales, y 136 de tropa. A ellos se les sumó 599 heridos víctimas todos ellos de una jornada de luto que causó una profunda conmoción en España, siendo tema para una coplilla popular difundida durante muchos años, especialmente entre los soldados que servían en África, y cuya letra era la siguiente:


                                          


 En el Barranco del Lobo
hay una fuente que mana
sangre de los españoles
que murieron por España.
(otras versiones: «por la patria»)            
¡Pobrecitas madres,
cuánto llorarán,
al ver que sus hijos
a la guerra van!
Ni me lavo ni me peino
ni me pongo la mantilla,
hasta que venga mi novio
de la guerra de Melilla.

¡Pobrecitas madres,
cuánto llorarán,
al ver que sus hijos
a la guerra van!
Melilla ya no es Melilla,
Melilla es un matadero
donde van los españoles
a morir como corderos.

¡Pobrecitas madres,
cuánto llorarán,
al ver que sus hijos
a la guerra van!
        

                               


10 de diciembre de 2012

FRANCIA, MAESTRO DE CEREMONIAS EN EL REPARTO DE MARRUECOS

En vísperas del siglo XX, Marruecos estaba rodeado de potencias dispuestas a asegurar su futuro en el continente africano a expensas del país marroquí.

Tierra de desiertos e inhóspitas montañas, unificada o pacificada en contadas ocasiones,y afectada de anarquía crónica,estaba habitada por una población fiel a su terreno hasta el fanatismo, compuesta principalmente de primitivos cabileños musulmanes. Marruecos era gobernado por un sultán a quien la tradición le permitia designar su sucesor, pero como a menudo había más de un pretendiente, cada nuevo sultán se veía obligado a reunir un ejército y defender sus derechos entre las tribus esparcidas por todo el país  y luego viajar de un lado para otro para exigir el pago de impuestos.

Para los observadores europeos habituados a formas de gobierno menos caóticas, Marruecos aparecía en un estado de constante anarquía, pero el verdadero panorama era algo diferente. No había falta de autoridad central en Marruecos. El sultán era reconocido por todos como el jefe de estado espiritual, pero su reconocimiento como jefe de Estado solamente tenía lugar en aquellos territorios que él, o bien sus hombres, habían visitado y pacificado; es decir, solamente en aquellas regiones que se hallaban ya bajo el control del ejército real y de los recaudadores de impuestos.

A principios del siglo XX, el dominio del sultán se extendía sobre dos áreas toscamente triangulares: la primera, confinaba al norte con Tánger, al este con Fez, y con Rabat al sur; la segunda, tenia Rabat en la punta norte, Marrakech al este y Mogador al sur. Estas dos regiones comprendían todas las ciudades principales y la mayor parte de la llanura costera más accesible, y sus habitantes eran mayormente árabes y bereberes arabizados. El conjunto de las dos regiones constituían el Blad el -Mazjen (territorio sujeto al gobierno); el resto de Marruecos constituía el Blad el -Siba (territorio no dominado). Los límites de las dos áreas fluctuaban constantemente según el avance o retroceso de las fuerzas reales.



Las áreas sombreadas indican los territorios del Blad el -Majzen

En 1900 Marruecos se encontraba bajo el reinado de Abd el-Aziz, hijo de Muley Hassan. Este monarca murió en 1894, y al ser su hijo menor de edad se encargó de la regencia el notable Ba Ahmed que al dirigir un corrompido gobierno, aumentó la oposición al joven sultán.

En 1902, estalló al noroeste la revuelta de Bu Hamara, y todas las tierras comprendidas entre la frontera argelina y Fez, con la excepción del Rif, cayeron en manos de los rebeldes. En el Yebala, zona montañosa del noroeste, Raysuli, jerife famoso por su rapacidad mantuvo aterrorizada a la población, pero Abd el- Aziz se encontaba totalmente impotente para enfrentarse a cada una de las revueltas en las que se encontraba envuelto su reino. La anarquía parecia inminente, y pronto quedó claro que el Imperio Jerifiano era una ficción y que Marruecos en este momento solo era un conglomerado inestable de cabilas.

En este contexto, el engranaje de los tratados internacionales para el reparto de Marruecos se puso en marcha.

En 1902 Francia propuso secretamente a Madrid una división de Marruecos, prometiendo a España todas las tierras al norte del rio Sebú incluyendo las ciudades de Fez y Taza, junto con el puerto atlántico de Agadir y toda la parte hacia el sur del río Sus. Pero España temerosa de la reacción británica si el plan se descubría, rechazó la oferta francesa.

En 1903, Francia logró un acuerdo con Italia, por el que se comprometía a garantizar la prioridad italiana en Libia a cambio de una prioridad semejante de Francia en Marruecos.

En abril de 1904 un tratado anglo-francés otorgaba a Gran Bretaña libertad de acción para llevar adelante sus propósitos en Egipto, a la vez que concedía idénticas posibilidades a Francia en Marruecos. Además  acordaron que España, en virtud de su posición geográfica y de sus posesiones en el litoral mediterráneo  recibiría especial consideración. Así Gran Bretaña prefirió que España, más débil, recién derrotada en un conflicto colonial y con aspiraciones de tener algún peso en el concierto mundial, recibiera la posición más septentrional de Marruecos, teniendo siempre presente la posición de su plaza en Gibraltar. 

En octubre, España completó un acuerdo con Francia cuyo lado público estipulaba que ambos países habían llegado a un acuerdo sobre la extensión de sus respectivos derechos en Marruecos, pero su aspecto secreto estipulaba que los franceses eran menos generosos que en la propuesta de 1902, por lo cual  España iba a recibir solo aquella porción del norte de Marruecos comprendido entre el río Muluya, al este, y el Océano Atlántico al oeste; y desde el Mar Mediterráneo, por el norte, hasta una serpenteante línea en el sur trazada burdamente de este a oeste a unos 40 km al norte del río Werga por encima de Fez; más una pequeña área desértica en la costa atlántica en el extremo sur del Marruecos francés. Bajo su dominio quedaron sólo las zonas más estériles y aquellas donde las tribus eran más belicosas.
 Alemania, contrariada por haber quedado excluida en los tratados anglo-francés de abril de 1904 y el posterior franco-español, consideró dañados sus intereses comerciales, de modo que inició una campaña de protestas que culminaron con la visita del Káiser Guillermo II a Tánger para apoyar la autonomía del Sultán, prestando asistencia financiera si fuese necesario.

Todo esto provocó una crisis internacional que dio lugar a la Conferencia de Algeciras. La Conferencia comenzó el 16 de enero de 1906 y finalizó el 1 de abril. Además de Alemania y Marruecos, acudieron Francia, España, Gran Bretaña, y otros nueve países. Los resultados fueron favorables a las aspiraciones franco-españolas y frustrantes para Alemania, que no consiguió sus propósitos de participar en la política marroquí. Los alemanes capitularon, pero mostraron un profundo descontento, y en el verano de 1911 volvieron a poner en vilo a Europa cuando mandaron su cañonero Panther a Agadir, a fin de proteger los intereses comerciales alemanes en aquella área. El significado de este connato alemán de interferirse en la esfera francesa fue  esquivado hábilmente por Francia que inició dos tratados que Alemania firmó en noviembre de 1911. Allí Alemania reconocía el derecho francés a un protectorado marroquí.


Por consiguiente, el único obstáculo de Francia para su dominio de Marruecos era el establecimiento de condiciones con el sultanato. Los asuntos internos marroquíes habían empeorado desde la llegada de Abd el -Aziz al trono, ni siquiera tenia autoridad para exigir obediencia en el Blad-el Mazjen. Los franceses, entretanto, utilizaban toda clase de pretextos para invadir el terreno que sobre el papel ya dominaban.
 En noviembre de 1908 el sultán abdicó en favor de Mulay Hafiz que aportó muy poco tanto a la sofocación de las revueltas nativas como de la influencia francesa. Muy al contrario  Hafiz se hallaba atrapado en la difícil coyuntura de tener que garantizar los derechos europeos y la idea de volver a un Marruecos independiente, y privado del apoyo británico y abrumado por las deudas, en marzo de 1911 Hafiz pidió la ayuda francesa para el mantenimiento de su imperio. Un año después, el 30 de marzo de 1912, bajo fuerte presión de los franceses, estampaba su firma en el Tratado de Fez, con lo que rubricaba el fin de la independencia de su país y concedía a Francia el protectorado legal sobre Marruecos.   






     

18 de octubre de 2012

MARRUECOS EN EL PUNTO DE MIRA DE EUROPA


A  lo largo del siglo XIX, Marruecos sufrirá la presión de las grandes potencias, que buscan en un país debilitado materias primas a  precios bajos y, sobre todo, un mercado para el excedente de sus productos.El desarrollo industrial europeo en el siglo XIX empuja a las  potencias  - Inglaterra, Francia - a la búsqueda de mercados y de aprovisionamiento de materias primas para su industria, y por lo tanto al control de las comunicaciones y de los puertos, centro de salida y entrada de productos.

Será muy difícil al Majzén (zona de autoridad del Sultán) resistir a estas presiones, que irán limitando la soberanía marroquí; únicamente los intereses encontrados de las potencias le permitirán un equilibrio cada vez más inestable.

Inglaterra era el país con mayores relaciones comerciales con Marruecos. La intensidad del comercio anglomarroquí se había acentuado en el siglo XVIII. Ante la presión creciente del resto de los países europeos, su interés se centrará en consolidar y acentuar su influencia y sus lazos comerciales con el Sultán.


En los años veinte, Francia lleva a cabo la expedición de Argelia, que culmina con la ocupación del Oranesado (región de Orán), poniendo así las bases de su futuro poder colonial. Desde la base argelina, los franceses acentuarán sus contactos  -pacíficos o bélicos - con Marruecos,y Argelia será su base de partida para una futura penetración en el Imperio Jerifiano.

La acción francesa en Argelia había inquietado al resto de los países. El equilibrio mediterráneo,  podía desgarrarse ante la "toma de posiciones" francesa.

Esta inquietud afecta, pues, a Inglaterra en primer lugar. Su dominio mediteráneo basado en el eje Gibraltar-Egipto se ve amenazado por el nuevo eje vertical Francia-Norte de África.

Inglaterra, dueña de Gibraltar y relacionada con Marruecos desde el siglo XVIII verá con malos ojos la presencia de Francia en la costa mediterránea africana, considerándola un atentado contra la seguridad de su tráfico marítimo.

Francia, por su parte, veía en el control de Marruecos la seguridad de su colonia argelina y la posible expansión de su comercio.

Para España controlar Marruecos significaba, sobre todo,asegurar sus territorios de Ceuta y Melilla, prestigiarse ante las potencias restantes y evitar que éstas - sobre todo Francia - ahogasen por el sur los intereses españoles. Significaba también, en menor medida, una alternativa colonial a la pérdida de los territorios americanos y un campo de acción exterior para el entonces siempre inquieto ejército español.

Alemania, que muy pronto entrará en el juego de los intereses  coloniales, consideraba a Marruecos un precioso instrumento para crear problemas a Francia y, especialmente, para atizar la discordia entre las potencias coloniales (Francia e Inglaterra), impidiendo la unidad de actuación de las mismas, circunstancia que habría resultado peligrosa para la Triple Alianza que el Canciller Bismarck creará en el continente europeo (Alemania, Austria e Italia).

La rivalidad y choque de intereses europeos por Marruecos será constante a lo largo del siglo. Este choque mantuvo separadas, por sus fines imperialistas y colonialistas enfrentados en África, a Inglaterra y a Francia.

A partir de 1890, Alemania iniciará una agresiva política "pangermanista" utilizando a Marruecos como una de las palancas para apoyar su fuerza expansionista. Francia e Inglaterra, alarmadas, solucionarán entonces sus diferencias y acuerdan que Inglaterra dejará a Francia las manos libres para actuar en Marruecos y a cambio Egipto quedará a merced de los ingleses.

Desde ese momento, la suerte de Marruecos estará echada y la pérdida de su independencia decidida.

En el ambiente internacional de presión que se ejerce sobre Marruecos,la relativa paz mantenida entre España y Marruecos a partir de 1860, dentro de la voluntad común del mantenimiento del statu quo, se verá rota por los sucesos de Melilla de 1890 y de los años siguientes.

Las crisis comenzará por el hostigamiento rifeño a la caballería española que hacía una descubierta por el campo exterior de la ciudad, en territorio dentro de los límites establecidos en el Tratado de Wad Ras de 1860, nunca admitido por las tribus limítrofes.

El Sultán Hasán I, ante la protesta, tomará medidas contra los responsables, pero la situación se agrava al construir los españoles unas fortificaciones en territorio considerado sagrado por los rifeños, al pertenecer a una mezquita: el 2 de octubre de 1893, llevan a cabo un ataque contra el fuerte, pereciendo doce soldados de entre los defensores. En los días siguientes la rebelión rifeña de las tribus afectadas se generaliza, y los días 27 y 28 de octubre se ataca a la ciudad de Melilla, muriendo el gobernador militar, general Margallo.

Desde España se envían entonces refuerzos al mando del general  Martínez Campos, temiendo una guerra con Marruecos. El Sultán, en prueba de su voluntad decidida a mantener la paz, destaca a su hermano Muley Araafa con fuertes efectivos, que obligan a los rifeños a abandonar sus actitudes bélicas.

Superados los incidencias, el Gobierno español  envía, en enero de 1894, una embajada extraordinaria, presidida por el general Martínez Campos, con objeto de eliminar las últimas dificultades creadas por los sucesos de Melilla. Las conclusiones del encuentro entre el representante español y el Sultán fueron las siguientes:

Se firma un convenio por el que Marruecos pagará una indemnización de cuatro millones de duros para reparar los daños causados por el ataque rifeño, estableciendo definitivamente una zona neutral entre Marruecos y el área de Melilla; los culpables de los incidentes serán castigados duramente por el  Sultán y, según lo establecido en el tratado del 60, habrá una guardia del Majzén en la zona fronteriza para defender la paz y un caid de la confianza de España.

Las resistencias diplomáticas, aplazamientos e intrigas del resto de las potencias estuvieron a punto de desatar de nuevo la guerra. Todos los grandes Estados quisieron intervenir, al menos indirectamente, en la cuestión, temiendo que una ocupación de nuevos territorios por España hiciese el juego, bien a Inglaterra, bien a Francia. La crisis se alargó una temporada, hasta la firma definitiva de la  Paz de Marraquech el 5 de marzo de 1894. Tres meses más tarde moría Mulay Hasán, sucediéndole su hijo Abdelaziz bajo la tutela de su madre Lalla Nor-es-Chems.


Durante los años 1883 y 1884 se inicia por España la ocupación de territorios saharauis. Un gobierno presidido por Cánovas del Castillo,  actuará encargando a la Sociedad de Africanistas la instalación de factorías en la costa atlántica, adelantándose a las intenciones británicas de hacer algo semejante. El Gobierno facilitó dinero y medios de transporte. Se desembarcará en la península Río de Oro (Dajla-es-Saharia), firmando tratados de amistad y comercio con las tribus de aquella zona. También se instalará la expedición en CaboBlanco y en la bahía de Cintra, dejando casetones y guarnición militar, igualmente facilitada por el Gobierno. La Sociedad de Africanistas pondrá el nombre de Villa Cisneros, Puerto Badía y Medina Gatell a aquellos lugares.

España comunicará oficialmente a las demás potencias que ha tomado bajo su protección las costas africanas entre Río de Oro y Cabo Bojador (26º 8' lat. N - 8º 17' long. 0).

Esta ocupación significó el comienzo de gran actividad comercial y pesquera, con el protagonismo de la Compañía Hispano Africana de Madrid.

La cuestión del territorio cedido en 1860, en el lugar atlántico llamado en siglos anteriores Santa Cruz de Mar Pequeña, para que España estableciese una factoría pesquera, habia ido alargándose en todos esos años sin llegar a una delimitación del terreno convincente para las dos parte. En 1889, con  motivo de la visita del muley Hasán a Tánger y la buena acogida que éste tuvo a unas propuestas españolas referentes a la formación de técnicos, médicos y algunas obras públicas en Tánger, se replantea la cuestión pendiente de aquel territorio, actual Sidi Ifni. No obstante la buena disposición por ambas partes, el Sultán dio, una vez más, largas al asunto, y la injerencia inglesa, presionando ante el Gobierno de Madrid, conseguirá que todo quede aplazado indefinidamente. 






19 de septiembre de 2012

PAZ CHICA PARA UNA GUERRA GRANDE

El 28 de octubre buques de la Marina Real española procedieron a efectuar un bloqueo de los puertos de Tánger, Tetuán y Larache, al tiempo que con una diligencia inusual, se creaba una fuerza expedicionaria compuesta por tres cuerpos de ejército, en los que puso al frente a los generales Juan Zabala de la Fuente, Antonio Ros de Olano y Ramón Echagüe, una división de reserva bajo el mando del general Prim y otra de caballería, con un total de 163 jefes, 1599 oficiales, 33228 de tropa, 2947 caballos y mulos y 74 cañones.

En Algeciras se concentró la flota al mando del brigadier de la Armada Segundo Díaz de Herrero compuesta por cuatro buques de vela, 6 de hélice, 11 de ruedas, 2 faluchas, 20 lanchas cañoneras y 12 buques de transporte; más tarde se incorporarían un navío, una fragata y un bergantín, formando un total de 58 naves.

Por su parte,y según los datos que figuran en el Atlas editado en 1861 por el Depósito de la guerra se describen las tropas del Sultán como una mezcla de efectivos  de 15.000 hombres a caballo-la llamada Guardia Negra- con espingardas, sables y gumías; otros 25.000 mitad infante y mitad jinetes; un cuerpo de Infantería veterana denominado Nizam de 2.000 hombres con fusiles y carabinas de procedencia inglesa y 2.000 artilleros con cañones, gran parte de ellos obsoletos. El mando de las tropas permanentes lo ostentaba el emir Muley- el-Abas, hombre de gran prestigio, hermano mayor del Sultán, siguiéndole en autoridad otro de los hermanos llamado Sid Ahamed. 

El plan de O´Donnell era tomar la ciudad de Tetuán (Aita Tettauen en árabe) para negociar con los marroquíes en posición de fuerza.





El 19 de noviembre, bajo un furioso temporal, desembarcó el 1er Cuerpo de Ejército de Echagüe, y ese mismo día se tomó la posición denominada el Serrallo, a unos cinco kilómetros de las murallas de Ceuta y se instaló el campamento que posteriormente sería el cuartel General de Operaciones y base de partida.

Desde la posición de Serrallo partían tres caminos, uno hacia el norte en dirección a Tánger, otro hacia poniente que llevaba a Anghera y otro hacia el sur que conducía hasta Tetuán.

El campamento español, anegado por las torrenciales lluvias, se volvió un terreno insalubre muy propicio para que el terrible cólera se apoderara de él. Esta epidemia causó más bajas en el Ejército Expedicionario que las balas marroquíes.

Tras el combate del día 25 de noviembre el 1er Cuerpo de Ejército quedó en una delicada situación con Echagüe herido y sus fuerzas reducidas a 7.500 hombres, lo que aceleró los planes de O´Donnell para embarcar con urgencia al 2º Cuerpo y la división de reserva, mientras se alistaba para la salida el 3er Cuerpo.

Durante los primeros días del frio y lluvioso mes de diciembre comenzaron las obras para adecuar el camino a Tetuán por la costa, tarea que se vio dificultada por los fuertes aguaceros que convertían en lodazales los caminos y campamentos. Este contratiempo elevó a más de 2.000 las bajas por el cólera en un mes de campaña. Durante este período el enemigo atacó en varias ocasiones, pero fue rechazado en todas ellas.

El día 1 de enero de 1860 amaneció con el cielo despejado y el viento en calma. Hasta entonces los combates habían sido defensivos, pero con el nuevo año las cosas iban a cambiar.

La División Prim (unos 4.000 hombres) avanzaría en vanguardia abriendo camino, seguida de dos escuadrones de húsares, dos baterías de montaña, O´Donnell y su Estado Mayor y el 2º Cuerpo de Zabala (7.000 hombres), que con otra batería de montaña formaban la retaguardia.

El 3er Cuerpo y la División de Caballería partirían el día 2, y el 1er Cuerpo se quedaría en los campamentos, muy quebrantados por los combates y la epidemia.

Mientras el enemigo, mandado por el hermano del sultán Muley –el-Abbas y el bajá de Tetuán, iban engrosando sus filas. Moros del Rey, bojaris de la Guardia Negra, montañeses y guerreros de Anghera, se iban concentrando contando con unas fuerzas de unos 20.000 hombres.

Sobre las ocho, la vanguardia de Prim avistó el valle de los Castillejos, observando que unos cerros a la derecha de la carretera estaban ocupados por unos mil moros, dispuestos a hostilizar la larga columna de hombres e impedimentas. Prim mantuvo un fuerte combate para tomar las alturas ocupadas por los moros, pero al conseguirlo los moros iniciaron un contraataque para desalojarlos.

Eran las tres de la tarde y los hombres de Prim no daban abasto para contener las oleadas de atacantes. Las tropas de reserva acudieron para tratar de frenar la marea enemiga. Pero era tal la presión de los reiterados ataques, que los españoles empezaron a ceder. Acudieron todas las reservas para contener al adversario, entre ellos los dos batallones del Regimiento de Córdoba, que se desembarazaron de sus mochilas para emprender más ligeros el ataque. Una y otra vez se cargó a la bayoneta, pero tuvieron que retroceder diezmados, más allá de donde habían dejado sus mochilas.

Prim vio el peligro y arengó desde su montura a los de Córdoba, sin conseguir que reaccionasen. Prim arrebató la bandera del regimiento al oficial que la portaba y mostrándosela dijo:” ¡Soldados podéis abandonar esas mochilas, porque son vuestras; pero no podéis abandonar esta bandera porque es de la Patria. Yo voy a meterme con ella en las filas enemigas… ¿Permitiréis que este estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejareis morir solo a vuestro general?”. Los de Córdoba reaccionaron y la contienda se convirtió en una carnicería.



O´Donnell que contemplaba la acción dio orden de avanzar al 2º Cuerpo, para apoyar al Cuerpo de Reserva de Prim que estaba sin municiones y exhausto. A paso de carga partieron los batallones de Arapiles, Saboya, León y Simancas, entablándose un fuerte combate en el que ningún bando cedía. La situación era crítica. O´Donnell con su escolta y dos batallones de La Princesa acudió a la línea de fuego, pero cuando llegaron a los disputados cerros, Prim y Zabala habían logrado invertir la situación y los marroquíes comenzaban a ceder.

Al apagarse la tarde la victoria era de los españoles, que en la que ha pasado a llamarse la batalla de los Castillejos, avanzó más de 10 kilómetros en el camino a Tetuán.

El día 7 las tropas cruzaron el río Asmir y acamparon en la orilla. Sobre las cinco de la tarde se desató un fortísimo temporal de agua y viento que duró cinco días. Los buques que desde la costa protegían el avance tuvieron que retirarse y buscar abrigo en puertos cercanos, perdiéndose el vapor Santa Isabel y la goleta Rosalía. El campamento español sufrió de pleno las inclemencias del tiempo y en todos estos días el ejército no recibió suministro alguno, ya que éste llegaba por mar. Las tropas tuvieron que soportar verdaderas penalidades, de ahí que los soldados bautizaran este asentamiento como el “campamento del hambre”.

El día 14 tras recibir los víveres y provisiones reanudaron la marcha hasta instalar su campamento cerca de la desembocadura del río San Martin, denominado Reducto de la Estrella ubicado a media jornada de Tetuán. El día 31 se produjo la acción de Uad el Jelú, en la que los marroquíes mandados por los príncipes Muley-el Abbas y Muley Ahmed atacaron el flanco derecho español, pero fueron rechazados con el apoyo de la artillería y el fuego de la batería de cohetes, que se empleaban en combate por primera vez.

Pero el amanacer del día 4 de febrero se dio orden de avanzar hacia Tetuán pasando el río Alcántara. Desde los dos campamentos marroquíes y desde la propia ciudad se inició un constante ataque a las tropas españolas. A pesar del fuego artillero, el avance del ejército español continua sin contestar hasta los 1.700 metros, momento en que la artillería propia entra en posición y comienza a batir los emplazamientos enemigos. Los españoles avanzan y a 400 metros la infantería dio con un terreno pantanoso cubierto por la vegetación delante de las trincheras. La confusión surgió entre los españoles que apenas podían moverse en el enfangado lodazal.

Prim reparó en la grave situación y tras arengar a sus soldados se precipitó por un hueco en el muro de tierra, sus soldados y los voluntarios catalanes, siguiendo a su general penetraron por las troneras de los cañones; los demás batallones respaldaron el ataque y tras media hora de lucha cuerpo a cuerpo, el enemigo abandonó tiendas, cañones, armas y demás equipo de guerra.

Finalmente O´Donnell atacó el campamento de Muley-el –Abbas que apenas ofreció resistencia. El camino de Tetuán estaba abierto, pero a un alto precio. El 6 de febrero los españoles entraban victoriosos en Tetuán.



Del día 6 de febrero
nos tenemos que acordar
 entraron los españoles
en la plaza de Tetuán
La plaza de Tánger la van a tomar
también han tomado la de Tetuán
En la plaza de Tetuán
hay un caballo de caña
cuando el caballo relinche
entrará el moro en España
La plaza de Tánger la van a tomar
también han tomado la de Tetuán
¡Centinela, centinela
centinela del serrallo!
¡alerta, alerta que vienen
los moritos a caballo!


La plaza de Tánger la van a tomar
también han tomado la de Tetuán

11 de septiembre de 2012

EL VIENTO DE LA GUERRA SOPLA SOBRE EL NORTE DE ÁFRICA

En el año 1843, en los inicios del reinado de Isabel II se produce la ocupación de unos territorios colindantes a Ceuta, que la dejan desprotegida de defensas. Nuestro Ministro de Estado reclamó estos territorios, que el bajá de Tánger prometió devolver. Promesa que se quedó en eso, pues al año siguiente los habitantes del Rif, atacaron la ciudad de Melilla en marzo de 1844. Narváez reclamó de nuevo los territorios al sultán de Marruecos, que le devolvió una negativa como respuesta. La mediación de Francia e Inglaterra pareció calmar los ánimos con la realización de los Convenios de Tánger (6 de Mayo de 1845).
 CONVENIO DE 6 DE MAYO DE 1845

Habiendo sido presentadas á Su Magestad la Reina de España y á Su Magestad el Sultan de Marruecos ....  los artículos expresados en el ultimatum dirigido al Gobierno Marroquí; y habiéndose juzgado las mismas admisibles, por convenir así á los recíprocos intereses y derechos de ambos Gobiernos, como tambien porque por tal medio quedaban restablecidas las relaciones de amistad y buena armonía entre los mismos... han convenido y arreglado los Artículos siguientes:

Articulo I. Las fronteras de Ceuta serán restituidas al estado en que se hallaban antiguamente y conforme al Artículo XV del tratado de paz vigente.
Esto ha sido ejecutado y cumplido en todas sus partes en 7 de Octubre último (23 de Ramadan 1260), como se halla mencionado en el expresado tratado que existe entre Su Magestad la Reina de España y el Sultan Marroquí.

Art. II. El Sultan de Marruecos dará sus órdenes, y prevendrá eficazmente á los moros fronterizos de Melilla, Alhucemas y Peñon de la Gomera, á conducirse en lo sucesivo como corresponde con los habitantes de dichas plazas y con los buques que se aproximen á sus costas.

Art. III. Queda convenido que se cumplirá en lo sucesivo el tenor del Articulo XXXII respecto á los anclajes, como igualmente el XXVIII que trata de los derechos de exportacion, que serán segun las antiguas estipulaciones acordadas por los Soberanos Marroquíes.

Art. IV. En vista de las consideraciones expuestas por el Gobierno Marroquí sobre la muerte del Agente Consular de España en Mazagan, queda arreglada la satisfacción de este artículo con la reprension dada al Gobernador de dicho punto, y por el saludo al Pabellon Español verificado en Tánger el 13 de Setiembre último; ofreciendo Su Magestad Marroquí que en adelante no se repetirán por parte de sus Empleados semejantes sucesos.
Se ratificará este presente Convenio por Sus Magestades la Reina de España y el Sultan de Marruecos, y se permutarán recíprocamente despues de ratificados en el término de treinta dias.

En fe de lo cual los infrascritos Plenipotenciarios y cl actual Mediador el caballero Juan Hay Drummond Hay, autorizado á tal efecto por su Gobierno, lo hemos firmado por duplicado en Larache á seis de Mayo año del Nacimiento del Mesías el mil ochocientos cuarenta y cinco, que corresponde á veinte y ocho de Rabeat Etsani año mil doscientos sesenta y uno de la I-Iegira Mahometana.
En el sello del Bajá; el Servidor del Trono elevado por Dios. Busilham Ben- Ali, Dios lo asista.
(L. S.)—ANTONIO DE • BERAMENDI Y FREIRE
(L. S.)—J. II. DRUMMOND HAY

Pero ni Ceuta y  Melilla recuperaron esos territorios ni España recibió esas ventajas firmadas, porque los convenios no se cumplieron. Así que España volvió de nuevo a la carga y reclamó ante el sultán de Marruecos que respondió con una nueva evasiva excusándose en esta ocasión en considerar la presencia de tropas españolas en las islas Chafarinas como una invasión en el territorio marroquí.

En 1859 se comenzaron las obras de fortificación de la ciudad de Ceuta, y el 24 de agosto de ese mismo año, la belicosa tribu de Anghera atacó y destruyó las obras de defensa, raspando el escudo de España que marcaba los límites de soberanía. El gobierno español pidió reparaciones, e inmediatamente pasó a reforzar la guarnición de Ceuta, situando la escuadra en Algeciras como medio de intimidación.

Los marroquíes, respaldados por Gran Bretaña, contraria a que el conflicto entre las dos naciones acabara con ventajas territoriales para España para no poner en peligro su enclave de Gibraltar,  no fueron muy diligentes en las reparaciones demandadas y éste fue un pretexto perfecto que permitió al hábil O´Donnell instigar un conflicto bélico con Marruecos, con el fin de desviar la atención pública de los graves problemas internos entre los que se debatía el país. Logró producir una exaltación patriótica sin precedentes desde la Guerra de la Independencia y consiguió el difícil objetivo de unificar el sentir de la variopinta y compleja España. El 22 de octubre la declaración de guerra fue aprobada unánimemente por los 187 diputados presentes.

 

4 de septiembre de 2012

DESDE EL IMPERIO DONDE NO SE PONIA EL SOL AL OCASO

En 1557, nada parece hacer sopesar a Felipe II su demostrada tendencia a dejar el norte de África en un plano bastante secundario. Las hostilidades con Francia y la delicada situación financiera de la Corona, que obliga a declarar la primera bancarrota de su reinado, son escenarios poco halagüeños para los deseos del conde de Alcaduete, que aún blandea la esperanza de tiempos mejores para la presencia española en el norte de África. Ante la concatenación de estos acontecimientos adversos, Felipe II opta por racionalizar los socorros que se han de enviar a tierras de Berbería, dando prioridad a aquellas materias que más urgente resolución necesitan. 

 En 1565, la Sublime Puerta, es decir, el gobierno del Imperio otomano quiso demostrar su fuerza naval atacando la isla de Malta, defendida únicamente por los caballeros de la Orden. El valor estratégico de la isla de la isla era extraordinario porque situada a poca distancia del Sur de Sicilia, su control aseguraba el paso por los estrechos, además de servir de plataforma singular para cualquier expedición que pudiera organizarse hacia el norte de África, Túnez, por ejemplo.

El heroísmo de La Valette, el gran maestre de la orden, fue cantado ampliamente y el auxilio del virrey español de Sicilia llegó con el tiempo suficiente para que la tropa turca levantara el asedio y se retirara hacia Oriente. Era la primera victoria importante de las armas cristianas desde hacía muchos años, y sirvió para comprobar que la Armada turca, que pese a su poder, era vulnerable si a ella se oponía una cierta Armada naval.

 Así pues, comenzaron las conversaciones para conseguir esa fuerza con el interrogante que constituía Venecia, siempre dispuesta a encontrar fórmulas particulares e compromiso que salvaguardasen sus propios intereses. Pero esta ocasión llegó. Dragut, el rey de Argel, ocupó Túnez y atacó a los defensores españoles de La Goleta, que estuvo a punto de rendirse. Selim, sucesor de Solimán, ayudó a los argelinos en ambas expediciones mientras preparaba su ofensiva contra los puntos estratégicos que aseguraban el comercio oriental con Occidente. El principal de todos estos enclaves era Chipre, la joya más preciada de los tesoros de Venecia; por eso, su caída fue determinante para que se decidiese pasar a la acción bélica, buscando aliados entre las potencias cristianas. Así pues, aquel año de 1570 todo parecía coincidir para que las naves católicas decidieran enfrentarse definitivamente al poder otomano.

En marzo de 1571 se llegó, por fin, al acuerdo. La Santa Liga estaría constituida por Venecia, el Papa y la Monarquía Católica, y lucharía contra el sultán y sus aliados, los corsarios del norte de África.

El encuentro entre turcos y cristianos tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Lepanto. Dos tercios de la flota imperial turca se hundieron; aquello fue un fuerte golpe para el prestigio del imperio otomano y, por el contrario, un éxito para las naves cristianas que por primera vez en muchos años habían quebrado la racha de éxitos turcos.
Sin embargo, allí en Lepanto, no despareció para siempre el poder de la Media Luna; ni tampoco el éxito de las armas cristianas fue tan rotundo como parecía.

En 1573 Juan de Austria se apoderó de Túnez, pero un año después en 1574, una escuadra turca, todavía más importante que la hundida en Lepanto volvió a conquistar la plaza, y demostró su poderío llegando a conquistar en 1576 la ciudad de Fez.

Sin embargo, desde 1576 y sobre todo tras la derrota portuguesa en Marruecos, cuando ya nadie podía dudar que el norte de África era de influencia otomana, Felipe II y el sultán Murad III negociaron la paz.

El cierre definitivo de la esperanza de reconquistar la Transfretana de los romanos lo realizó Felipe II cuando pone en vigor su política de mantener alejado a Marruecos del imperio turco, reconociendo su existencia como estado soberano, firmando una tregua con el soberano saadita y enviando una embajada a Marrakech en 1597.
Desde 1580, cuando Felipe II fue coronado rey de Portugal, las posesiones norteafricanas portuguesas pasaron a integrar el imperio Español. En 1640 Portugal recobró su independencia, pero Ceuta permaneció bajo control español, situación que aún se mantiene.

Tánger fue cedida por los portugueses a Inglaterra en 1661, como parte de la dote de Catalina de Braganza, cuando esta princesa se casó con el rey Carlos II. Los ingleses, frente a la continua presión marroquí, decidieron abandonarla el 6 de febrero de 1684.

Con el reino de Marruecos, llamado con frecuencia de los Cherifes, las relaciones españolas experimentaron en los siglos XVII y XVIII los altibajos característicos de países vecinos, pero atenidas, cada vez más, a  la normativa jurídica de los Tratados y Convenios.

El Tratado de Paz y Comercio entre España y Marruecos, firmado el 28 de Mayo de 1767, ha sido considerado canónico, y con razón. Los monarcas de España (Carlos III) y de Marruecos (Mohamed Ben-Abdala) se comprometieron, a través de sus respectivos plenipotenciarios, a conservar el estado de paz entre las dos naciones: «la paz será firme por mar y por tierra, establecida con la más recíproca y verdadera amistad entre los dos soberanos y sus vasallos respectivos» (Artículo I). No sólo se prescribían las reglas referentes al intercambio comercial en los puertos españoles y marroquíes y el derecho de pesca en las aguas ribereñas, sino que la Corte en Madrid procuró obtener, sin éxito, un ensanche para los “presidios” situados en la costa mediterránea de Marruecos (Ceuta posesión hispana desde el siglo XVII-, Melilla, Vélez y Alhucemas).

Si se repasa el Tratado de Paz, Amistad, Navegación, Comercio y Pesca entre S.M. Católica y S.M. Marroquí (Carlos IV y Muley Solimán), firmado en Mequínez el 1 de Marzo de 1799, se comprueba hasta que punto las relaciones entre los dos reinos seguían presididas por los principios de la diplomacia y la garantía de los derechos consiguientes para los súbditos de la monarquía de los Borbones y de la dinastía Alaui. Cierto es que los artículos 14 y 15 -referentes a los “presidios” y a las molestias que sus habitantes sufrían por asedio y enemistad de las tribus rifeñas- traducían una cuestión muy palpitante en las relaciones hispano-marroquíes a lo largo del entrante siglo XIX; y no menos cierto es que los artículos 35-38 reflejaban el problema de la pesca en aguas del banco pesquero canario -africano.
La realidad de la relación hispano-marroquí no era, sin embargo, la que reflejaba el conjunto de Tratados y Convenios aludidos. Las dificultades de entendimiento eran muchas, el intercambio comercial, sólo relativamente importante, y las posibilidades de futuro, nada claras.
La crisis de autoridad que sufrió la monarquía de Carlos IV (antes incluso de 1808) proyectó una clara continuidad de la posición “abandonista” desde el Conde de Aranda a Martínez de la Rosa. Así se hizo en 1792 con los enclaves de Orán y Mazalquivir que fueron vendidos al bey turco de Argel.
De otra parte, no faltó quien abogara por la conservación de aquellos enclaves en tanto en cuanto, no sólo jugaban un papel disuasorio sobre el rey de Marruecos y los bajeles de corsarios, sino que también aseguraban el comercio y la navegación de pabellón español en aguas del estrecho de Gibraltar, donde Felipe V había perdido el Peñón a manos de los ingleses. De Floridablanca (famosa Instrucción Reservada sobre dirección de la Junta de Estado) a Godoy (Memorias) y Donoso Cortés (Discursos en el Congreso de Diputados) pervivió la línea “retencionista” en el tema de los presidios situados en el Norte de Marruecos.
Paralelamente por medio del Primer Tratado de San Ildefonso en 1777, entre España y Portugal éste incorporaba a sus territorios de Brasil la colonia de Sacramento y la isla de Santa Catalina, a cambio las islas de Fernando Poo y Annobón en África, así como la licencia para comerciar con la costa continental de Camerún y Gabón hasta cabo Formoso. No fue hasta 1843 cuando el marino Juan José Lerena y Barry tomó posesión de Fernando Poo, Corisco y Rio Muni, en la costa atlántica de África.

En medio de la coyuntura de desarreglo interior generalizado que precedió a la muerte de Fernando VII, muchas cuestiones de política extrajera -y la relativa al Norte de África no fue excepción- cayeron en abandono. De una parte, la muerte de Fernando VII y los azarosos balbuceos de la Monarquía Constitucional en el decenio de 1830, y de otra, los inicios de la conquista de Argel por las tropas francesas, vinieron a alterar el statu quo imperante hasta entonces entre España y Marruecos.
Sonaría, pronto, la hora álgida del africanismo español.